lunes, 13 de octubre de 2008

El niño, el hombre y la baldosa

Las tropas avanzaban en línea recta, a paso firme y constante. Estaban conformadas por superhéroes, seres mitológicos de la traza de los elfos, animales de carga que llevaban las provisiones, dinosaurios que transportaban militares armados hasta los dientes, cazafantasmas, cazadores de vampiros, playmovils, tanques de rastis y cañones hechos con rollos de papel higiénico gastados. A la cabeza, el comandante que marchaba protegiendo a su tropa, chequeaba que en su camino no hubiese sorpresas de ningún tipo. Este caudillo de las fuerzas celestiales se llamaba Toby, y no era ni más ni menos que un niño de seis años que tenía un solo objetivo, hallar al ejército enemigo.
Según tenía entendido, esas huestes perversas estaban conformadas por villanos, orcos, asesinos, marines de los Estados Unidos, tiranosaurios rex debidamente entrenados para matar, un conjunto de alimañas populares del preescolar, monstruos de colección como Frankenstein, vampiros, fantasmas, hombres lobos, zombies, maestras gordas, viejas, solteronas y antipáticas, que no necesitaban de armas para atacar, alcanzándoles con su vozarrón cultivado a lo largo de décadas de enseñanza y su clásica birome roja, arma también conocida como la destructora de proyectos. Quien comandaba esas tropas no era ni más ni menos que el diablo, seguido de Fido, el rottweiler de su vecino.
Como decía, Toby guiaba a su sorprendente ejército con el único propósito de alcanzar al enemigo y vencerlo. No así su madre, que, cargada con las compras, solamente deseaba llegar pronto a su casa para descargar los kilos de verduras que venía arrastrando sin ayuda de nadie, salvo por el ramillete de perejil que muy gentilmente se había prestado a llevar su hijo y que lo utilizaba a modo de bastón de mando.
Dado que consideraba que a los costados el camino se hallaría minado, o plagado de trampas mortíferas, y siendo que su deber era no caer en ellas, para que el bien no quedase sin su jefe y se disolviera, Toby había optado por caminar únicamente por una línea de baldosas de la vereda por la que iba. Desde ya que no levantaba sus ojos del suelo, ya sea para evitar posibles trampas del enemigo o para esquivar algún que otro sorete de perro.
Fue seguramente el corto campo de visión que tenía que no pudo advertir con anticipación al hombre que venía por la misma línea de baldosas hacia él. De frente, y hablando con un compañero de trabajo, caminaba un tipo de cuarenta y pico de años, trajeado y bastante enfadado con su vida. Cargaba con fracasos y culpas, desdichas y desengaños. Enfrascado en su relato acerca de cómo había sido ignorado para un cargo superior, dándosele prioridad a un novato recién ingresado, también advirtió tarde que en la misma línea de baldosas Toby marchaba sin la menor intención de moverse a un costado.
Al quedar enfrentados, ambos pararon en seco, no así sus respectivas compañías que se evitaron y al darse cuenta de que caminaban solos, voltearon para ver qué ocurría. Detenidos en el tiempo y el espacio, se desafiaron con la mirada. Ambos estaban decididos a no salirse de su camino, uno por el deber de ser un comandante, el otro por un capricho. Ya había permitido ser pisoteado por su jefe, ofendido por la sociedad, molestado por la injusticia humana contra la que luchaba Toby y su ejército invencible invisible. Ahora, no permitiría que un chicuelo lo venciera y sometiera.
La actitud del otro sorprendió a ambos. El hombre del traje no podía creer la desfachatez de ese mocoso, que no había osado siquiera moverse una pizca de enfrente suyo, y hasta llegó a sentir que si cedía el paso, además cedería su honor. Para colmo, no dejaba de repicar en su cabeza que ese testarudo pequeñuelo, cuando creciera podría ser como su jefe. Toby, por su parte, no terminaba de comprender qué pretendía aquel hombre, no saliéndose del medio e impidiendo que él, junto a su tropa, pudiera seguir su camino rumbo a la victoria contra el mal.
-Permiso -dijo el hombre con una seriedad que hubiese endurecido una gelatina.
Toby miró hacia los costados, como dándole a entender que tenía el resto de la vereda para pasar, que no necesitaba pasar por donde él estaba, pero aquel individuo no dio el brazo a torcer. Es más, se cruzó de brazos y le dijo:
-¿Me podés dejar pasar, pibe?
La madre, cansada de cargar innecesariamente las bolsas ante lo que ella considerara se trataba de un capricho de su hijo, le regañó para que se apurara. Toby bajó la cabeza, se corrió a un costado y dejó pasar al sujeto. Inmediatamente vio como aquel hombre de traje, subido a una aplanadora, aplastaba a toda su hueste con una sonrisa diabólica dibujada en su rostro.
Caminó hacia su casa, tras su madre ya sin mirar las baldosas, y con el dolor de saber que vería para siempre las calles de su barrio y nada más.

4 comentarios:

Ramón dijo...

Un bello viaje a los juegos de la infancia, con todo lo que ellos suponían de imaginación, sencillez e inocencia. Qué nostalgia aquellos tiempos cuando los objetos del mundo estaban recubiertos de un carácter sagrado y todo lo que nos rodeaba tenía significados trascendentales.

Discepolín dijo...

Muy bueno Fer, creo que todos vivimos cosas así, alguno seguimos jugando todavía de esa manera (sobre todo lo que no tenemos play esteiyon), y vamos por la calle imaginando que caminamos sobre algo más que vulgares baldosas.

Un abrazooo

Gabetta dijo...

No se como llegue, pero me gusto.
Saludos atentos,

Anónimo dijo...

gracias por el pac man