jueves, 4 de diciembre de 2008

La entrevista

Siente al instante que es el que sigue, pero no sabe si está preparado. Como queriendo prolongar los segundos que vienen a continuación prende un cigarrillo, pero lo deberá apagar al instante, porque efectivamente, como lo presintió, lo llaman.

Antes de ingresar se asegura de que su pelo no esté muy desprolijo, su ropa no esté arrugada y su bragueta no esté abierta. Mira sus zapatos y vuelve a tener la impresión de que tal vez no están lo suficientemente lustrados, lamentándose por enésima vez no haberles puesto pomada o al menos haberle pasado una franela o cepillo. De cualquier modo, se tranquiliza al pensar que no le van a negar el trabajo por los zapatos. Es la actitud la que tiene que sobresalir.

Abrocharse el saco es la cábala que usará para enfrentar lo que lo esté esperando en el interior de ese cuarto. Ya han pasado diez personas antes que él, y no ha tenido la ocasión de preguntarles qué tal era el asunto porque todos habían salido corriendo tapándose el rostro. Se comporta como un chiquilín, había pensado al ver el primer caso, al segundo había parado el oído. Al tercero ya estaba horrorizado y con ganas de salir corriendo también él.

Ahora, por el altoparlante, su nombre lo llamaba a enfrentar a los entrevistadores. El suspiro previo a entrar, ese último intento del cuerpo de hacer creer que no pasa nada, que ya está, que todo ya terminó, pero que en el fondo se sabe bien que el asunto recién empieza, y que aún hay mucho sudor por transpirar. La puerta se cierra a sus espaldas y ya se encuentra adentro del recinto.

Un salón rectangular, con una gran mesada al final y cinco individuos sentados en unos asientos de madera de respaldo elevado, con águilas y demonios tallados en sus contornos. Sus miradas son como golpes huecos. No puede verse nada a través de ellos, salvo vacío e incomprensión. En sus rostros sobresale la dureza del quebracho y la frialdad de los vientos matutinos del invierno. Hay hombres y mujeres, pero podrían ser todos de un mismo sexo, distinto al masculino y femenino, un tercer sexo alejado de cualquier parecido con estos conocidos.

Se acerca con respeto y espera a que alguien lo invite a sentarse, pero los cuerpos están inmóviles, expectantes, analizando cada resquicio de su alma que se escapa a través de sus movimientos, sus vestimentas, sus miradas o evasiones. Asume que no lo invitarán a sentarse, por lo que, previo murmurar la palabra “permiso”, se sienta.

-¿Está cansado? –pregunta de inmediato el que está sentado justo enfrente.

-No… -responde un poco abatido por la pregunta.

-¿Entonces por qué se sentó? –interroga el vecino inmediato de la derecha.

-Bueno… eh… porque… ejem… yo… disculpe, no sabía…

Se levanta como si tuviera un resorte en las nalgas.

-¿Ya se va? –interpela la de la punta de la izquierda.

-No… es que… como dijo… -A esta altura la confusión lo deja sin palabras.

-Siéntese entonces –le ordena el individuo sentado enfrente. Inmediatamente, sin girarse hacia los demás, menciona:- Cornetone, página tres, número de inscripto treinta y dos.

Los cinco miembros del “jurado” miran a la vez las planillas que tienen enfrente y escriben. Dos de la derecha se acercan entre sí y se dicen cosas al oído, mientras señalan los zapatos del entrevistado. El que escucha niega con la cabeza. Cornetone comienza a transpirar.

-¿Está recibido?

-Sí, de abogado.

-¿Quién le preguntó?

-Usted… -responde con asombro.

-No mienta, Cornetone. Yo no le pregunté de qué se recibió. No me haga decir cosas que no dije –exclama con una leve irritación en su voz el entrevistador del medio.

-No, es cierto, disculpe.

-Se contradice –murmura alguno de la derecha. De inmediato, todos anotan algo.

-Fue un mal entendido –trata de explicar.

-Usted es un mal entendido. Yo entendí perfectamente –afirma el que se encuentra más a la derecha.

-Yo también –agrega la de más a la izquierda.

-Generaliza –murmura alguno y todos a la vez hacen anotaciones.

-No, lo que pasa es que, generalmente, cuando…

-¿Qué hace en sus tiempos de ocio?

-Digamos que…

-Yo no dije nada –aclara el que está enfrente suyo.

-Yo tampoco –dice el que está sentado a su lado derecho.

-Diga usted, no nos involucre.

-En mis tiempos de ocio, leo…

-¿Alguien le preguntó el signo zodiacal? –Todos niegan con la cabeza.

-No, me refiero a que leo, de leer. También escucho música, voy al cine, hago deportes.

-Y ya que sacó el tema, ¿de qué signo zodiacal es?

-Ehmm…. No recuerdo muy bien… Tauro, creo.

-Pero si recién dijo que era de Leo –manifiesta con sorpresa la de más a la izquierda. Mira a sus compañeros entrevistadores buscando una explicación. Finalmente, retorna la mirada sobre el entrevistado.

-No, no… dije que leo.

-Por eso. No puede ser de Tauro y de Leo. Tiene que elegir uno.

-Pero el signo no se elige, es del día en que uno nace –responde comenzando a exasperarse. No sabe cómo hacer para que lo entiendan.

-¿Qué dice, Cornetone? Me está asustando. Uno elige el signo cuando nace. ¡Por eso uno elige cuándo nacer! ¡Por el signo zodiacal! –exclama el que está sentado enfrente suyo.

-Exacto. Es como elegir a un presidente, salvo porque a este último uno lo puede ver en la televisión, en cambio al signo zodiacal no –acota el de más a la derecha.

-¿Usted mira la televisión, Cornetone?

-Sí… miro televisión... pero…

-Sin ánimos de entrar en discusiones banales, y no obstante la cruda realidad de los límites residuales, que, y permítanme tomarme el atrevimiento de dar por establecido que la ignorancia social se contagia con una mala prensa, en lo que, bueno, estimo que ya saben, no es mi intención abrumar a quien defienda la idiosincrasia del partido opositor.

-¡Sí, completamente de acuerdo! –adhiere el de la izquierda.

-Sus palabras son mis palabras –dice la de más a la izquierda.

-Claro que sí. No por nada las gaviotas que se lanzan a volar hacia el mar regresan a tierra firme –acota el de más a la derecha, recibiendo como respuesta un cabeceo afirmativo del individuo enfrentado al entrevistado.

-Personalmente, si tuviera un estetoscopio me haría bombero. No así si tuviera manguera. Ahí no dudaría en hacerme médico.

-Pero qué sentido tiene que a la vaca lechera se la obligue a producir soja, si solo puede producir roast beef.

-A veces considero que es un claro ejemplo de lo que la brutalidad policial genera en las mentes débiles de cuerpos inflados por aparatos de gimnasio. Pero no quiero que piensen que opino que la televisión es un arma de doble filo. Sin ir más lejos, la vez pasada, mi hijo quedó electrocutado cuando pretendió golpear al vecino con el televisor.

-Televisores eran los de antes –agrega uno.

-Yo igual siempre dije que antes eran los de antes, en cambio, ahora… ahora es hoy. No habría que confundir el pasado de hoy con el presente de ayer. Correríamos un gran peligro sino.

-No entiendo de qué están hablando –logra decir Cornetone en el momento en que todos han quedado meditabundos.

Un silencio repentino invade el salón. Los cinco entrevistadores, que debatían olvidando la presencia del entrevistado, dejan de mirarse y guían su vista al pobre Cornetone, que a esta altura del partido no sabe si reír o llorar.

-¿Qué es lo que no entiende, Cornetone?

-¿Acaso no advierte que lo que discutimos es una cuestión de carácter existencial? –dice la de la izquierda

-No…, discúlpenme… solamente, decía que…

-Me agravia Ud., Cornetone –murmura con un dejo melodramático el entrevistador que está justo enfrente suyo.- ¿Por qué no habla claro con nosotros? No le pedimos que dibuje un pato bajo la lluvia para ver si le hace el paraguas. Consideramos que hablando se entiende la gente.

-Pero les juro sobre lo que más quiero que yo no pretendo…

-Vamos Cornetone, cómo se atreve a jurar por sobre lo que más quiere. Acaso no sabe que madre hay una sola. Y que fue la luz de sus ojos.

-Pero yo no dije que mi mamá… -responde angustiado.

-Ay, es terrible cuando un hijo abandona a una madre, y peor cuando por juramentos es capaz de aceptar que algo terrible le pase.

-¿No se da acaso cuenta la cantidad de disgustos que probablemente le ha ocasionado y ella no obstante siguió amándolo como a ninguno? ¿No le da vergüenza, acaso, no sentir piedad por esa mujer que lo dio todo por su bienestar personal, Cornetone?

-Disculpen, pero no entiendo cómo es que llegamos a este punto… -Está desesperado, la voz comienza a temblarle.

-¿Tiene problemas de memoria, Cornetone? Piense un segundo, vamos, piense, recuérdela. Es usted un mal hijo, Cornetone, abandonarla durante tantos años y recordarla cuando ya estaba bajo tierra.

-Esas lágrimas no alcanzan para pedir perdón. Ese es el llanto del heredero. El verdadero llanto es el que la acompaña en los dolores de la vida, y no cuando ya no está más.

-Pero si mi madre esta viva… vive en Lanús Este... ¿de qué me están hablando?

-De que es usted un amargado, un desagradecido que desconfía de los demás porque es un egoísta, porque cree que su vida es suya y de nadie más.

-El individualismo generó esta sociedad carnívora. Ahora cualquiera está al acecho. Uno ya no sabe si es víctima o victimario. Usted se hace el incomprendido, pero es el verdadero asesino. El cruel mentecato que roba los momentos dulces de la gente inocente.

-Pero yo soy un hombre bueno… solo quiero un puesto de trabajo.

-Hombre bueno las pelotas, Cornetone –brama el que está justo enfrente.-. Usted es un abobado necio sin sentido que sólo busca el daño de los seres queridos para lucrar con sus desgracias. Y lo que más le molesta es no darse cuenta de que tras el manto de oveja del rebaño es un reverendo lobo desgraciado que solo piensa en devorarlas a todas.

-Váyase, Cornetone. No queremos verlo más. No es que sea usted, somos nosotros. Necesitamos un tiempo para pensarlo. Haga de su vida un pito, o de su pito una vida. Conozca mujeres, juegue al fútbol con amigos, coma más asado y menos achuras para que no le suba el colesterol. Va a ver como con el tiempo todo se olvida, desde que es un mal hijo hasta que rechazó un trabajo por narcisista. El día que lo comprenda se acordará de nosotros y nos entenderá. Ahora no está lo suficientemente capacitado para desempeñarse labor alguna en nuestra organización, pero cuando decida regresar le abriremos los brazos cual hijo pródigo.

Cornetone llora. De angustia llora. De incomprensión. De ignorar acerca de lo que están hablando. De sentir que no lo entienden, que no lo dejan explicar lo que siente, lo que tiene para decir. No sabe cómo reaccionar. Las caras son de piedra, son herméticas. Siente que está solo, que no son hombres, que son bustos sin vida, y que nadie lo está viendo. La soledad se clava en su corazón. Necesita compañía, necesita una palabra dulce, aunque sea una. Y ahí no hay nadie que pueda dársela. Ese lugar es frío, es vacío, amargo, es ilógico, inexplicable. Necesita salir y lo hace. Sale. Corriendo sale, sin importarle que los demás lo vean salir así, corriendo, llorando, necesitando de una madre o un amigo o una novia a quien abrazar.

Los entrevistadores intercambian miradas, observan sus anotaciones.

-Cornetone puede andar. Es un poco previsible pero puede andar.

-Es que el hecho de que un libro que leíste no te haya gustado no quiere decir que el que leas a continuación te guste.

-Menos mal que todavía la gente se entiende.

-Menos mal.

lunes, 13 de octubre de 2008

El niño, el hombre y la baldosa

Las tropas avanzaban en línea recta, a paso firme y constante. Estaban conformadas por superhéroes, seres mitológicos de la traza de los elfos, animales de carga que llevaban las provisiones, dinosaurios que transportaban militares armados hasta los dientes, cazafantasmas, cazadores de vampiros, playmovils, tanques de rastis y cañones hechos con rollos de papel higiénico gastados. A la cabeza, el comandante que marchaba protegiendo a su tropa, chequeaba que en su camino no hubiese sorpresas de ningún tipo. Este caudillo de las fuerzas celestiales se llamaba Toby, y no era ni más ni menos que un niño de seis años que tenía un solo objetivo, hallar al ejército enemigo.
Según tenía entendido, esas huestes perversas estaban conformadas por villanos, orcos, asesinos, marines de los Estados Unidos, tiranosaurios rex debidamente entrenados para matar, un conjunto de alimañas populares del preescolar, monstruos de colección como Frankenstein, vampiros, fantasmas, hombres lobos, zombies, maestras gordas, viejas, solteronas y antipáticas, que no necesitaban de armas para atacar, alcanzándoles con su vozarrón cultivado a lo largo de décadas de enseñanza y su clásica birome roja, arma también conocida como la destructora de proyectos. Quien comandaba esas tropas no era ni más ni menos que el diablo, seguido de Fido, el rottweiler de su vecino.
Como decía, Toby guiaba a su sorprendente ejército con el único propósito de alcanzar al enemigo y vencerlo. No así su madre, que, cargada con las compras, solamente deseaba llegar pronto a su casa para descargar los kilos de verduras que venía arrastrando sin ayuda de nadie, salvo por el ramillete de perejil que muy gentilmente se había prestado a llevar su hijo y que lo utilizaba a modo de bastón de mando.
Dado que consideraba que a los costados el camino se hallaría minado, o plagado de trampas mortíferas, y siendo que su deber era no caer en ellas, para que el bien no quedase sin su jefe y se disolviera, Toby había optado por caminar únicamente por una línea de baldosas de la vereda por la que iba. Desde ya que no levantaba sus ojos del suelo, ya sea para evitar posibles trampas del enemigo o para esquivar algún que otro sorete de perro.
Fue seguramente el corto campo de visión que tenía que no pudo advertir con anticipación al hombre que venía por la misma línea de baldosas hacia él. De frente, y hablando con un compañero de trabajo, caminaba un tipo de cuarenta y pico de años, trajeado y bastante enfadado con su vida. Cargaba con fracasos y culpas, desdichas y desengaños. Enfrascado en su relato acerca de cómo había sido ignorado para un cargo superior, dándosele prioridad a un novato recién ingresado, también advirtió tarde que en la misma línea de baldosas Toby marchaba sin la menor intención de moverse a un costado.
Al quedar enfrentados, ambos pararon en seco, no así sus respectivas compañías que se evitaron y al darse cuenta de que caminaban solos, voltearon para ver qué ocurría. Detenidos en el tiempo y el espacio, se desafiaron con la mirada. Ambos estaban decididos a no salirse de su camino, uno por el deber de ser un comandante, el otro por un capricho. Ya había permitido ser pisoteado por su jefe, ofendido por la sociedad, molestado por la injusticia humana contra la que luchaba Toby y su ejército invencible invisible. Ahora, no permitiría que un chicuelo lo venciera y sometiera.
La actitud del otro sorprendió a ambos. El hombre del traje no podía creer la desfachatez de ese mocoso, que no había osado siquiera moverse una pizca de enfrente suyo, y hasta llegó a sentir que si cedía el paso, además cedería su honor. Para colmo, no dejaba de repicar en su cabeza que ese testarudo pequeñuelo, cuando creciera podría ser como su jefe. Toby, por su parte, no terminaba de comprender qué pretendía aquel hombre, no saliéndose del medio e impidiendo que él, junto a su tropa, pudiera seguir su camino rumbo a la victoria contra el mal.
-Permiso -dijo el hombre con una seriedad que hubiese endurecido una gelatina.
Toby miró hacia los costados, como dándole a entender que tenía el resto de la vereda para pasar, que no necesitaba pasar por donde él estaba, pero aquel individuo no dio el brazo a torcer. Es más, se cruzó de brazos y le dijo:
-¿Me podés dejar pasar, pibe?
La madre, cansada de cargar innecesariamente las bolsas ante lo que ella considerara se trataba de un capricho de su hijo, le regañó para que se apurara. Toby bajó la cabeza, se corrió a un costado y dejó pasar al sujeto. Inmediatamente vio como aquel hombre de traje, subido a una aplanadora, aplastaba a toda su hueste con una sonrisa diabólica dibujada en su rostro.
Caminó hacia su casa, tras su madre ya sin mirar las baldosas, y con el dolor de saber que vería para siempre las calles de su barrio y nada más.

domingo, 31 de agosto de 2008

Según pasan los años

Marta estaba terminando de pasar el plumero a los muebles del living cuando su amiga, Graciela, tocó el timbre. Hacía bastante tiempo que no se veían, y los años no se habían portado bastante bien con sus rostros pese a las cremas y demás cuidados dermatológicos. Sería difícil enfrentarse con esas evidencias del correr del tiempo en las caras, máxime teniendo en cuenta la cantidad de años que habían pasado desde la última vez que se habían visto.
El encuentro fue emotivo, lo suficiente como para dibujarse en sus caras una gran satisfacción, una alegría que las condujo a un fuerte abrazo. Comenzaron a ponerse al día mientras preparaban un té y abrían el paquete con masitas que Graciela aportara gentilmente a escondidas de su régimen estricto.
La conversación fue derivando de temas banales como ropa, lujos y dietas a temas más escabrosos como cuestiones de las vidas de cada una, hasta que finalmente la pregunta que en algún momento iba a aparecer salió a la luz.
-Marta, ¿qué pasó con Carlos al final? ¿Salieron?
-Jajajaja, qué memoria que tenés para esas cosas... No, no iba a pasar nada. Decidimos quedar como amigos, pero la verdad es que hace bastante que no hablamos.
-¿Decidieron? ¿En acuerdo conjunto? -Su voz fue lo suficientemente socarrona como para generar una cierta molestia en su amiga.
-Era eso o nada. Le dejé en claro que lo quería como amigo. Pero esto fue hace un montón, por lo menos hace quince o veinte años... mirá, si yo me casé hace dieciocho, tiene que haber pasado como veinte años...
-Nunca entendí por qué no probaste de salir con él. Tipo inteligente, gracioso, buen mozo, es buen mozo, no me pongas esa cara.
-Sí, sé que no es feo, pero no era mi tipo... Yo soy de preferirlos morochos y de espalda lisa y ancha.
-Me acuerdo que estaba perdidamente enamorado de vos -la cortó mientras alejaba la taza del platillo y se la llevaba a la boca-. Todavía me acuerdo esa pintura que hizo para vos. -La buscó colgada en alguna pared. No la encontró y supuso que sería ridículo que la tuviera colgada, al margen de la belleza de aquel cuadro.- Era muy sencillo y macanudo...
-Es que a veces, Gra, no alcanza con todo eso. Se necesita algo más, un toque mágico, esa química necesaria para que pueda pasar algo. Y con él no me pasaba. La pasaba re bien, y si a veces nos visita, que todavía cada tanto lo hace, pasamos buenos momentos, pero no podría pretender más que eso.
-Pero, ahora que mencionás lo de la química, entonces le diste una chance... ¿Alguna vez estuvieron juntos?
-Ya te dije que no, Gra. Sos dura, eh...
-Y entonces, ¿cómo estás tan segura de que no había química? La química la podés analizar si habiendo pasado un tiempo con él notaste que no te generaba la atracción de la que me hablás, pero así, sacado de la galera, suena como un argumento un tanto caprichoso.
-Bueno, entonces considerá que no quiero estar con él por capricho, y ya.
-No te enojés, querida, yo la verdad es que hablo también por ese sueño de conseguir a alguien así que me quiera de esa manera, que piense de ese modo en mí, que cada encuentro, cada salida, cada día de la convivencia sea un desafío para sorprenderme. En cambio, mirame, ya pasé los cincuenta, estoy en el ocaso de mi vida, sola, teniendo relaciones de semanas o peor, de una noche, sin un compañero de emociones, de planes, de las vivencias diarias. Te voy a confesar algo. ¿Te acordás de Luis?
-Luis... -Fingía hacer memoria. Lo recordaba claramente.- Luis... no... ahhhh, sí, ese que estaba enamorado de vos... pero hace muchísimo de eso...
-Sí, ese mismo. Hoy todavía me arrepiento haberle dicho que no. No era físicamente atractivo.
-En lo más mínimo.
-Y sin embargo, era un pan de dios, además de culto, y es más, era como un artista de las cosas ínfimas de lo cotidiano, dándole esos toques a la vida que muy pocos saben notar y disfrutar. Y yo todo eso lo dejé pasar, y por qué, porque no era tal vez tan lindo como yo hubiese querido. Pero fijate vos, no era deforme, tenía dos ojos, dos orejas, una boca, brazos y piernas, no era un tipo obeso ni un raquítico insulso... Y sin embargo, no supe ver más allá de la imagen, esa imagen que a la larga y por el paso del tiempo va a cambiar, del mismo modo que la nuestra. -Se quedó pensando y comenzó a reírse sola de la ocurrencia que acababa de tener. No tardó en comunicársela a su amiga.- Es gracioso, fijate que los bebés cuando nacen son todos muy parecidos, después se van a ir transformando en individualidades perfectamente identificables unos de otros, ahí es cuando nos ponemos exquisitas, y decimos "este sí, este no", y finalmente con la llegada de la vejez, todos se vuelven a parecer otra vez, como en sus inicios, y descubrís que generalmente son todos pelados, panzones, arrugados o todo encorvados. Si hubiese sabido apreciar esa belleza interna de Luis, ese esfuerzo que ponía en mí en todo momento, esa seguridad que me hubiese dado al saber que me sería fiel, y como te decía, ese esfuerzo, ese empeño que habría puesto cada día con el fin de enamorarme y sorprenderme, hoy las cosas serían tan distintas...
-Me parece que estás muy peleada con la vida. Relajate un poco. Estás pensando un ideal, algo utópico, que nunca pasó ni va a pasar.
-Me estoy yendo de este mundo sin haberle dado la chance de que me sorprendiera. Eso es lo que me molesta. Me negué en un capricho, en una suposición de que las cosas no funcionarían. Y a la vez me parece tan parecido a lo que te pasó a vos con Carlos que... no sé... Tal vez no hice bien al haberlo traído a colación... Al fin de cuentas, nuestros casos son casos distintos. Vos estás casada con alguien que seguramente cubrió tus expectativas, te hace feliz a diario y sentís esa química de la que me hablás y esa belleza que yo no supe apreciar en el tren que no quise tomar, el de Luis.
Marta no dijo nada. Terminó su masita en silencio, y tomó el último sorbo de su té. No estaba feliz, y se preguntaba para sus adentros para qué mierda la había invitado. Se dijo que ella estaba bien, que lo que le había pasado a su amiga no era su caso, como bien había podido apreciar ésta a último momento. Estaba cómoda, estaba bien con su marido. Lo quería. Se preguntó en su cabeza si lo amaba pero por alguna cuestión no pensó en la respuesta. Era evidente que debía amarlo porque sino no habría estado tanto tiempo junto a él ni le hubiese dado tantas oportunidades como las que le dio en los veinte años que vivieron de casados.
El silencio comenzó a incomodarlas, por lo que intercambiaron un par de frases sobre decoración, feng shui, y buenas y malas ondas en la casa como para poder romper el hielo que la pregunta inicial había traído al living de la casa. Y mientras Graciela, sutilmente comenzaba a levantarse con el objetivo de ir cerrando el encuentro, la puerta de la casa se abrió y entró Marcelo, el esposo de Marta. Efectivamente, tenía poco pelo, ya bastante grisáceo, panza de asado y cervezas y un cansancio en los ojos que demostraban que el tren de la vida sencillamente se lo había llevado puesto. Mecánicamente arrojó su sobretodo arriba de un sillón, repitió la acción con el maletín y estando a punto de sacarse los zapatos advirtió que había visitas.
-Hola -murmuró con cara de pocos amigos. Cuando vio el rostro de Graciela al darle un beso, un destello cruzó su mirada.
-Hola, ¿qué tal? Graciela.
Se quedaron en silencio mirándose. Intercambiando pensamientos que los dos supieron entender.
-Bueno, Martita -dijo un poco inquieta Graciela.- Yo me voy yendo. Fue un gusto verte de nuevo.
El beso de despedida no tuvo ni una pizca de la emoción que tuviera el abrazo del reencuentro. Y ya no había satisfacciones dibujadas en ninguna parte de sus rostros.
Graciela no supo si realmente actuó bien o si debió haberle hecho saber a su amiga que había visto a su marido de trampas un jueves a la noche en un boliche para adultos, y que había pasado una noche con él en un cuarto de hotel. Tal vez su amiga supiera que su marido le era infiel, o al menos lo supusiera, pero era la vida que ella había decidido elegir. Cada una a su manera habían tenido la opción de escoger, y lo que estaban viviendo a esa altura de sus respectivas vidas era el resultado de la elección. Ya las cosas no se podían cambiar, y si se podían, ya no tenían el mismo espíritu adolescente y aventurero de sus épocas de gloria.
Una vez fuera de la casa, Graciela se alejó caminando por calles oscuras rumbo a su departamento, silbando con cierta melancolía la melodía de "As time goes by".

domingo, 10 de agosto de 2008

La necesidad

Se sentó ante la mirada atenta de ella. Le llamó la atención que hubiese llegado tan temprano. Nunca llegaba temprano. Las copas sobre la mesa indicaban que estaba desde hacía rato sentada en esa silla. Ella, cruzada de piernas, jugueteaba con un cigarrillo apagado entre los dedos. Varias veces la había oído decir palabras horribles contra la ley que le prohibía fumar en los restaurantes.
Luego de acomodarse, levantó la vista para verla. Lo miraba. Fijamente lo miraba. Se sintió diminuto ante aquella imagen imponente, frente a sus ojos que se hundían en el oscuro abismo de su alma, en los labios carmesí ya desteñidos de besar las copas y hombres serios y poco románticos.
-¿No llegué tarde, no? -murmuró mientras acercaba su muñeca a la cara para ver la hora, fingiendo desconocerla.
-Sabés que no. Sos más puntual que un ferrocarril inglés -le respondió. Su aliento olía a whisky.
La miró con detenimiento. Su voz agresiva por la ebriedad, su cabello despeinado, sus ojos, único resquebrajamiento en la muralla infranqueable que había logrado construir para impedir que alguien pudiera acceder a su alma, tristes, y su silueta, no tan maravillosa como quizás lo había sido en otros tiempos, pero fascinante de todos modos. Cómo lo deslumbraba esa mujer, así imperfecta y todo, había sido el centro de su vida y sus preocupaciones los últimos años, desde el momento en que la había conocido, desde aquella vez que lo había contratado para fotografiar una infidelidad.
-No estás bien, ¿pasó algo?
-No me pasa nada.
-El lameculos te tiene podrida, ¿no? Yo te avisé.
-No lo llames así a Gastón. Además no tiene nada que ver con esto. No es como Victor.
-Nunca dije que lo fuera. Son dos gusanos, pero cada uno a su manera.
-¿Por qué te molesta tanto que salga con Gastón?
-Porque no es para vos. No estás bien con él. Desde que salís con ese tipo estás hecha una vieja chota y todo lo que tenías de juvenil, tu espíritu divertido y alegre, ahora está muerto, y necesitás divanes para consolarte por la pérdida. Antes, cuando eras libre, vivías a tu modo, sin oír comentarios ni aceptar limitaciones, y eras un gato salvaje que no le rendía cuentas a nadie. Ahora buscás felicidad en la mierda que elegiste y te estás dando cuenta, de a poco te estás dando cuenta, de que no hay felicidad, sólo mierda.
-¡Basta! ¡Callate, querés!
Él le hizo una seña al mozo y le pidió un fernet bien cargado. Quedaron en silencio, él mirándola, ella buscando explicaciones en su pollera que le permitieran refutar lo que acababa de oír.
-¿Para qué me llamaste?
-Quería verte. Hace mucho que no nos hablamos. Me sentía sola.
-¡Nos vimos el fin de semana pasado!
-Andate a cagar. -Él se levantó y comenzó a vestirse, mientras que ella, sin inmutarse, siguió todos sus actos con la mirada. Se puso el sobretodo y caminó hacia la puerta de la calle. Entonces, dándose cuenta de que realmente se iría del bar, lo corrió y lo tomó del brazo. Al verse frenado, la miró a la cara. No le dijo nada. Ella lo miró con sus ojos tristes, ajados por el error, por la negación, por el rechazo a oírse a ella misma por sobre los comentarios de los demás. Y él no requirió de muchos más reclamos. Se detestaba por amarla tanto, y sus represiones a sus sentimientos tenían límites. Los ojos de pena en su rostro de lágrimas invisibles le quitaban toda clase de autonomía. Él lo sabía, y sabía que ella también lo sabía. Y eso le molestaba. Lo peor de estar enamorado es el hecho de saber que uno es un prisionero voluntario. O peor aún, un prisionero que no lo detienen barras de acero, sino su misma mente.
-¿Querés que me siente? -Ella asintió.
-Hace mucho que no me hablás de vos.
-No tengo nada que contar. Y no me jacto de ello. Estoy solo y amargado.
-Eso me gusta. Hablar con vos me pone en mejor estado porque estás peor que yo.
-No sé si putearte o saltar sobre tu cogote.
-Me gustaría verte en mi cogote.
-No me desafíes.
-No tendrías huevos, corazón.
Alguien puso una moneda en la rockola y empezó a sonar un rock. Ella se levantó y lo empujó lejos de la mesa y empezó a bailarle. Si estaba seguro de algo era de su pésima forma de bailar. Ella, en cambio, qué manera de moverse, desplegaba su artillería de sensualidad y le daba colores a toda la vida gris de su compañero. Cómo la deseaba, así, desgastada por los años como estaba, no le importaba, de hecho, le gustaba más todavía. Lo apuró tomándolo de la mano. Quiso zafarse, pero no pudo. Lo tenía bien agarrado. Y le bailaba y jugaba con él.
Sonreía. Él se dio cuenta de ello. Era feliz, estaba contenta. Su sonrisa cínica brillaba hermosamente en sus labios, y sus ojos misteriosamente rejuvenecían a cada segundo que pasaba bajo las influencias del baile que desplegaba. Él arriesgó unos pasos imitando a los muchachos que bailaban a su lado. Pero se enredaba los pies con facilidad y tropezaba con habitualidad. A cada paso mal hecho ella reía más y más. Tal vez fue eso lo que lo envalentonó para, payaseando, acercarse más a ella. Acercaron sus rostros, y al momento en que avanzó, ella con delicadeza acomodó su mejilla y le dijo al oído:
-Sos el rincón de felicidad de mi alma. No quiero que me lo arrebate.
Bailotearon un poco más, ya cada vez con menos ganas e intensidad. Al poco tiempo estaban nuevamente en la mesa, mirándose.
-¿Por qué no puedo tener la posibilidad?
-Difícil de explicar.
-Creo que se acabó mi noche... tu papanatas anda dando vueltas cerca de la puerta.
Ella se dio vuelta y, al verlo fue hacia él, y lo besó en la boca. Él apuró el fernet, se puso el sobretodo y salió a la calle. Otra vez la había dejado jugar con él, y el resultado volvía a repetirse como en los últimos años. Si supiera todo el daño que causa, ¿lo seguiría haciendo? Por las dudas no se lo iba a decir. Al menos guardaba esperanzas, lo único que nunca nadie logró quitarle. Ni ella. Se fue a dormir pensando que la vida tiene muchas contradicciones pero que las aceptaría siempre y cuando ella lo siguiera necesitando.

martes, 5 de agosto de 2008

AVISO

ferchum.blogspot.com les informa que se está trabajando para normalizar el servicio.

viernes, 11 de julio de 2008

La televisión de nuestros pibes

Tal vez me esté volviendo loco, o viejo, pero preocupado seguro. Y la razón gira entorno a la fuente emisora de rayos catódicos, también conocida como televisor, y su influencia en los locos bajitos. Sí, ya sé que esto no es nuevo. Nunca lo fue. La génesis de este gran invento pasatista que tantas alegrías, tristezas, conocimientos y falsa información nos ha dado, trajo incorporada también la preocupación de los adultos respecto a cuántas horas diarias podían verse sin afectar la psiquis de quien recepta la luminosidad de su pantalla, y también cuáles son los principales síntomas patológicos que podrían producirse frente a un consumo exhorbitante y vicioso.

Fue así como a través de estudios científicos, diversos investigadores de áreas distintas, como la física, biología, psicología, medicina, sociología, filosofía, nutrición, marketing, etc., se embarcaron en una investigación sin precedentes con el fin de lograr ver los pros y contras de este aparato de consumo masivo. Se lo acusó de cancerígeno, de ocasionar ceguera, obesidad, idiotez, y hasta se llegó a determinar que determinados colores a una velocidad determinada podrían generar ataques de epilepsia. Estos estudios, falsos o no, no fueron oídos durante décadas. El volumen de la televisión era más elevado. De manera que la televisión siguió siendo un éxito y pareciera que hoy quien no tiene un televisor merece el repudio general de la sociedad toda.

Si vamos al caso, personalmente fui testigo de cómo la televisión marcaba un camino en mi vida, y me guiaba durante mi infancia hacia un mundo de fantasía del que aún hoy, lamentablemente sigo atrapado. Ya no sé si lo que recuerdo lo viví, lo soñé o lo vi en la televisión. De modo que sé en carne propia que todo planteo antitelevisión no es más que mera habladuría. No dejo de negar que el vicio que ha generado en la sociedad ha sido terriblemente desgraciado, puesto que debido a su existencia he crecido sin jugar al fútbol en el potrero, he tenido poca amistad barrial, y he leído menos de lo que quizás hubiese podido. Pero también considero maravilloso la cantidad de cosas que aprendí, de lugares que visité sin estar ahí, y los que pude imaginar, mezcla de distintos parajes exóticos que hoy en día no tengo la menor idea acerca de dónde quedan. Me sirvió también para maravillarme con mensajes que cultivaron mi forma de ser, me deleitaron con imágenes bellísimas, desde naturaleza y misterio hasta paisajes y erotismo. Me trasladaron el sentimiento de ver los colores de una casaca y cruzar los dedos bajo la mesa de un bar mientras la garganta en plena emoción vibrante gestaba el deseado grito de "GOL". La televisión, mal que les pese, fue la gran compañera del siglo XX, desplazando del trono al mejor amigo histórico del hombre, el perro, al que encerraron en el balcón para poder disfrutar de una peli tranquilos y obligándolo a comer dog chow, o bolitas de mierda para perro que vieron en algún comercial de la televisión.

Sin embargo, ahora la preocupación me acosa. Y es que noto que la nueva oleada de dibujos animados extranjeros que invaden canales como Nickelodeon, Cartoon Network, Cablin... están generando una pérdida de la cultura del país. A diario nos invaden frases como: "Debes morir, te he tirado mi misil pluriintergaláctico sónicoespacial que vence a tu dragón luminoso espontáneo", o peor aún, chicos que le dicen a sus madres por la calle: "Mami, mami, ¿me cómpras, cacahuates?". ¿En qué idioma habla esta gente pequeña? ¿Acaso estamos condenados a perder nuestros argentinismos a raíz de la creciente ola de español neutro en los primeros años de la personalidad de uno, y luego con la terrible mala calidad de los programas locales, que en lugar de culturalizar, desculturalizan? ¿Hasta qué punto debemos preocuparnos y hasta dónde no? Porque no tenemos niños compadritos por la calle que digan frases como: "Salí de la gayola y ahora ando en pleno metejón con una minusa que labura en el cafetín de los suburbios grises".
No creo que los chicos lleguen a hablar nunca de esa manera. De hecho, no sé cuantos de los que han leído este texto saben que quise decir en la última frase. No los culpo. Hay alguien que está intentando borrar nuestra cultura, nuestro arte, nuestra alma, y eso no deja de preocuparme.

sábado, 21 de junio de 2008

El día más corto del año

Sintió una punzada de frío en la pierna derecha, como si alguien acabase de clavarle una estalactita sin el menor remordimiento. Atinó a meter la pierna debajo de las frazadas y se acurrucó lo más que pudo como para compensar el calor perdido. Sintió que algo de luz había, pero el frío lo hizo remolonear en la cama unos segundos.
Cuando no le quedó otra alternativa que aventurarse fuera de la cama para poder deshacerse de ciertos líquidos renales, se emponchó con todo lo que encontró en la silla ubicada al lado de su cama y arrastró las pantuflas hasta la puerta del baño más distante de su habitación, el que tenía el calefactor eléctrico. Luego de prenderlo, y esperar que la atmósfera adquiriese una temperatura digna, hizo lo suyo.
Se miró en el espejo el pelo enmarañado, las lagañas en los ojos, los labios resecos por el frío y la piel de gallina en las pocas partes desnudas de su cuerpo, y tras asegurarse de que más allá de eso no había cambios que pudieran preocuparlo, como sí ocurriría si por ejemplo se descubriese convertido, sin explicación alguna, en un insecto, o peor aún, amaneciese con sesenta años de más, se lavó los dientes, se lavó la cara y salió del baño.
Notó inmediatamente que la luminosidad que había visto segundos atrás ya era apenas perceptible, y para cuando alcanzó el picaporte de la puerta de su habitación la luna ya reinaba en la oscuridad plena de la noche. Se desvistió lo más rápido que pudo y se acostó a dormir.
Se felicitó por la proeza. Acababa de sobrellevar el veintiuno de junio, el día más corto del año.

domingo, 25 de mayo de 2008

La cita

Se miró al espejo, y se imaginó sin ese incipiente bigote bajo la nariz. Tenía una barba de dos días que no le quedaba mal, pero esos pelos que crecían por encima de los labios, no eran muy atractivos. De hecho, eran espantosos, pensó. Arremetió con la gillete y se aseguró de que no se hubiera escapado ninguno al filo de su afeitadora. Se echó agua a la cara y sonrió ante el espejo.
Algo le molestó en su imagen. Se observó un largo rato, fijamente, analizando cada milímetro de su rostro, y entonces la vio. Casi imperceptible, apenas profunda pero ya existente, una arruga surcaba al costado de su ojo derecho. Había nacido un nuevo signo de vejez, una demostración del paso de los años. Al verla, se lamentó el tiempo que había perdido hasta la fecha, todas esas horas desperdiciadas, infructuosas, que había vivido en vano, en las que sólo se había dedicado a respirar, y nada más. Este va a ser el puntapié para un cambio, decidió mientras se peinaba el cabello con los dedos, toscamente, para que, estando desprolijo, al menos tuviera un poco de forma.
También se asomaron un par de canas, pero inmediatamente las ocultó, y se negó a admitir haberlas visto. Debe ser el reflejo de la luz, se dijo para sí, y pensó que tal vez tenía que darle una mejor luminosidad al baño.
Buscó su mejor remera y se la probó. No hizo falta que se mirase en el espejo para que se diera cuenta de que era horrible y no era de su estilo. Era una remera de las buenas, esas que cuestan una fortuna, pero había sido un regalo, y si bien fingió sorpresa y emoción por lo recibido, su inconsciente fue preciso en su sentencia, esa remera era una bosta.
El vestirse es mostrarse al mundo tal cual uno es. Es enseñarle a la gente el modo en que uno se va a comportar, el modo en que actuará, impregnado a la vez del arte absolutamente personal, es decir, lo que cada uno acepta como arte. Es el tipo de vestimenta y la combinación de sus colores y figuras, el collage artístico tal vez más adecuado para saber qué preponderará en la forma de pensar del individuo, o sea, si va a preferir el precio por sobre los colores, o los colores por sobre la calidad, o la comodidad por sobre todo lo demás.
Él se había dispuesto vestir bien para la ocasión, pero de ningún modo iba a aceptar verse distinto a lo que él era. No permitiría que lo “fashion” se entrometiera en su mundo, y lo dominara. Acomodó sus chombas en la cama, analizó cuál estaba más planchada (o menos arrugada), cual tenía el cuello menos flaqueado, qué color era más combinable con el jean que se había puesto, y cuál más llamativo, sin llegar a ser un semáforo.
Era una ocasión muy especial, y por lo tanto, se iba a lucir. Afortunadamente, no tenía un voluminoso armario con prendas de todo tipo y color. Su ropa, con suerte, alcanzaba a cubrir dos cajones de una cómoda vieja, heredada de su abuela.
Se arrojó encima buena dosis de desodorante, bajo sus axilas, en el pecho, y tímidamente en sus genitales. No dejó de ruborizarse por ello, y sintió que debía recibir una palmadita en la cabeza y oír una voz que le dijera “niño travieso, ¡en qué andarás pensando!”. Buscó dentro del cajón de los calzoncillos y las medias el perfume que todavía guardaba dentro de su caja. Sentía fascinación por ese aroma, además de que le daba coraje, y lo hacía sentirse un tipo seguro, vigoroso, un macho cabrío que dejaba un halo de testosterona y feromonas por donde caminara. Lo usaba relativamente poco, como para no acostumbrarse a su aroma y que, por lo rutinario, perdiera su magia, su esencia, ese potencial que le inflaba el alma.
Antes de salir, controló que tuviera todo encima: llaves, billetera con dinero, pastillas mentoladas, celular, y sólo por las dudas, por si daba la ocasión, profilácticos. Hubiese deseado llevar seguridad, fe y humor, pero acostumbraban perderse con facilidad antes de salir, y no había manera de encontrarlos, así revolviera toda la casa.
Cinco minutos de la hora señalada, y todavía no había noticias de la muchacha. Empezaba a impacientarse. Quizás se retrasó un poco, o el colectivo tardó en llegar. ¿Y si entendió mal respecto de la esquina en que debían encontrarse? Habían sido claros, pero en una de esas, confundió la hora. Podía llamarla al celular, para asegurarse, pero sería demostrativo de desesperación, y si había algo que no quería exhibir era justamente eso. Tal vez, un mensaje de texto sería mejor. Un comentario con el que no se sientiera presionada, y él pudiera fingir desinterés respecto de la hora en la que ella pudiera llegar.
Nada de eso fue necesario. A la distancia, la vio caminando hacia él. Se la veía con un paso tan sereno, tan seguro, que no pudo dejar de sentir envidia. Él, en la misma circunstancia, habría llegado atropelladamente, disculpándose por los cinco minutos que la habría hecho esperar, agitado y emocionado como perro que ladea el rabo de alegría.
Ella le dio un beso frío, seco, más amargo que un mate, y le preguntó adónde irían a cenar. La cosa había arrancado difícil para el muchacho. Ella acababa de pisar el campo y ya había marcado un gol de visitante, y lo peor, valía doble. No tenía idea de cómo hacer para remontarla.
La llevó a un restaurante de comida étnica. Comida hindú, le había dicho sonriente. Quería algo original, buscaba sorprenderla. Si bien no dijo nada, fue apenas visible un levantamiento del lado izquierdo del labio, cual gesto de repugnancia. Él fingió no verlo. La tomó de la mano y caminaron media cuadra hasta el lugar.
Se sentaron en unas sillas pequeñas, con una mesa baja entremedio de ambos. Ella le hizo notar que llevaba pollera, y que hubiese sido bueno saber que iban a ser tan bajas las sillas. Él no pudo más que ruborizarse, pedir disculpas y admitir que no tenía idea del detalle.
Cenaron casi en silencio. En determinadas ocasiones, él buscaba tema de conversación, pero no lograba hacerla durar más que un par de segundos. Se lamentaba no tener el repertorio que tenía un amigo suyo, que era capaz de hablar durante toda una noche sin parar, y el oyente no parar de reír o sonreír. Él era su opuesto, no solo no encontraba tema de conversación sino que aburría. Y cómo combatir eso, innato en cada uno, cuando siquiera hay un mínimo de ayuda del interlocutor.
-Daniel -dijo ella con sequedad, y el hecho de que dijera su nombre completo fue tremendo para él. Si lo hubiese pisado un tren, hubiese sido, sin duda, menos doloroso.- Quería decirte que me caes bien, y me parecés un pibe inteligente y macanudo. -Él le sonrió, pero que mencionara tantas virtudes así porque si, no era bueno. Seguramente vendría a continuación el meollo del asunto.- Pero… -Y ahí se venía la proposición coordinada adversativa que planteaba el inconveniente.- la verdad es que no te estuve hablando estas últimas semanas porque volví a hablar con mi ex.
Sintió que Khali salía del cuadro que colgaba detrás de ella, y se abalanzaba hacia él, incrustándole los dedos en el pecho y arrancándole el corazón.
-Pero, ¿cómo? ¿No me habías dicho que había terminado todo mal con él?
-Sí, bueno, pero me llamó y me pidió que nos viéramos… No sé, siento que quiero darle una oportunidad.
No dijo nada más. Él tampoco. Tenía mucho para decir, pero sabía que no había oídos que lo pudieran oír. Cuando la decisión está tomada, no hay manera de cambiar las cosas. De hecho, esa conversación, esa cena, todo, ya estaba escrito que sería así. Nunca le dio la posibilidad de cambiar las cosas. Ella sabía que no pasaría nada esa noche, y jugó con eso, con la tranquilidad a su favor, el control absoluto de la situación. Él, en cambio, no había advertido un posible factor sorpresa, y ese encuentro frío y ese diálogo corto equivalían a un tremendo baldazo de agua fría con una voz que murmuraba a sus oídos: “A ver si te despertás, infeliz, y te das cuenta de una vez por todas que no tenés manera de enamorar a nadie. No tiene nada que ver la imagen o la inteligencia. Es todo una cuestión de piel, de actitud. El amor no se construye, ya viene ínsito en la persona a la que se va a amar. Y vos, monstruo, no tenés actitud, ni piel, ni nada. Date cuenta que esto fue un sueño. Despertate de una buena vez y hacé algo más productivo que seguir intentando en lo que no tiene sentido.”
Pagó la cuenta, salió del restaurante, dejándola en la mesa con un “perdón” en la boca, que ella nunca se atrevió a decir, para no confundir las cosas. Él prefirió volver a su casa caminando. Quizás refrescara y lo agarrara la noche desabrigado, y con mucha suerte, se podría ligar una pulmonía y morirse. Lloró en silencio, a raudales, pero con lágrimas ocultas que se deslizaban por detrás de sus ojos, para que aquel que lo viera no lo advirtiera. Se desmoronaba toda esa construcción de alegría, preocupación por la imagen y por una linda sorpresa por ofrecer, las cábalas, el perfume y las ropas.
Sin ganas de hablar, ni de hacer absolutamente nada, llegó a su casa, y se acostó tal como estaba vestido. Esa noche no tuvo sueños. Las lágrimas mojaron la almohada.
Aunque él no lo advirtió en ese momento, una nueva arruga aparecía en su rostro.

viernes, 16 de mayo de 2008

Reformas blogarias

Tan de repente como cuando el tachero se te cruza a tu carril sin avisar, llegó este cambio de look al viejo blog. Y ya es sensación. No acaban de pasar ni cinco segundos y ya he recibido mails de diversos países del mundo (Japón, Uruguay, Inglaterra, Italia, Sudán, Canadá, Lanús Oeste) preguntándome las razones del cambio.

Podría decir que se debe a mil razones, pero ninguna de ellas sería cierta, salvo una. Quiero que quede claro que no lo hice porque haya cumplido un año este blog, que de hecho ya lo cumplió en enero, ni tampoco porque la fecha sea especial (no sé ni que día es hoy). Tampoco lo hice porque comience o se aproxime el invierno, o porque el otoño se hizo más otoño, y el verano se fue de vacaciones. No lo hice por husmear y apretar botones que no debía, ni por ser fanático del azul del mar. Ni siquiera tiene que ver la explosión del volcán chileno, ni el paro del campo, ni la reciente feria del libro. No lo hice por una mina, ni por dos, ni por diez (el día que me lo ofrezcan, vemos). Me atrevería a decir que ni siquiera lo hice por juramentos, promesas o apuestas. Al menos no por ahora.

No pretendí esbozar una crítica metafórica de mi condición interna (psicológica), ni dar a entender que me estoy volviendo más frío que antes. Es más, tampoco apunto a generar suspensos o dudas de las razones por las cuales lo hago. Y por eso escribo esto. Porque los quiero, y siento que este cambio les genera incertidumbre, y les hace pensar que los quiero menos, o que el blog se viene abajo en picada y en vez de escribir me pongo a decorar, como esas madres que en pleno departamento caótico agregan un adornito en la pared y alcanzan la felicidad.

La razón, señoras y señores, damas y caballeros, niñas y niños, jóvenas y jóvenes, es mucho más sencilla que todo esto. Es algo más irracional, más inhumano, más ferchum, la verdadera razón es... que se me dio la gana. Se me dio la puta gana, y como el color ocre ese me tenía la paciencia por el piso y me daba ganas de salir ni bien ingresaba a la página para ver los miles de comentarios que uno puede leer a diario, consideré que era hora de sacarlo.

De manera que, como aquel que pinta un cuarto de naranja después de haber convivido durante años con un amarillo patito eléctrico, yo me dije, ya es hora de cambiar, y así lo hice. Luego de una búsqueda exhaustiva del camino correcto, más difícil que los libros de la colección "Elige tu propia aventura", y a base de prueba y error, logré cambiar el fondo (plantilla aprendí que le dicen) de este blog.

"¿Pero es un cambio definitivo?", preguntaba Marina de Hurlingham. Nunca. Ya vendran otros colores, ya vendrán otros estilos. Mientras tanto, vayan embebiéndose de este color porque hasta que no me canse, no lo cambio.

Concluyendo con las explicaciones sobre el por qué de los cambios, les comento que tengo el honor de incorporar al blog, una encuesta semanal (en la medida en que me de el cuero), la cual podrán apreciar a la derecha de la pantalla.

A la derecha.

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Sí, esa es la derecha. Justo debajo de la imagen del ferChe podrán encontrar una linda encuestita, que irá cambiando, pero que están todos invitados a participar, e ir viendo los resultados sorprendentes que nos puede arrojar la misma. "Why the fuck have you put that stupid survey in there?" (Por qué estimado amigo has puesto esa interesante encuesta en tu maravilloso blog?)me preguntó Elvis de Longchamps.

Al margen de que también se debe a que se me dio la reverendísima gana, este blog crece (y sin tomar la porquería esa del danonino), y al igual que los "grandes diarios argentinos" quiere oír a sus lectores, y esta realmente interesado en escuchar sus opiniones en temas de gran envergadura como esta primer pregunta que inicia un ciclo de preguntas incisivas de estilo Luis Majul (para el que no lo conoce, no se preocupe, no se pierde nada).

Y además, para aquellos que les gusta entrar al blog como para dejarme contento, pero no tienen tiempo o ganas de leerme, al menos van a poder participar anónimamente de las encuestas que se irán publicando.

Sin más, espero que sigan disfrutando la página pese a los cambios. Y que la magia de la ficción siga confundiendo lo irreal con lo verdadero.

Un saludo de corazón,


FerchuM

sábado, 1 de marzo de 2008

Las orillas

Rescatado del baúl de los textos perdidos, este relato lo escribí en el año 2002.
Los invito a compartirlo.
Saludos,

FerchuM



Las Orillas

Siempre tuve que viajar un mar de ideas y sueños, proyectos y conclusiones para poder alcanzar una orilla literaria y unificarla con una orilla creativa. Navegaba en mi barcaza de humor, en la de suspenso, acción y amor, pero en el momento en que alcanzaba una de las mismas, dichoso de la travesía a través de mi imaginación, descubría que acababa de olvidar lo que traía de la opuesta. Esto se debía a que las dos márgenes estaban muy separadas entre sí, a tal punto que si uno subía a la cumbre de la montaña más elevada de una de las orillas descubría, a lo lejos, un pequeño punto oscuro que sobresalía de la claridad del mar.

Creí que jamás lograría estar en las dos al mismo tiempo, pero me equivoqué. Todo comenzó en un sueño que, como la mayoría de los sueños, no tenía demasiado sentido. Me vi instalado en una orilla, cavando en la arena de la costa, cuando de pronto encontré una palabra “Pluma”. Mi mente entonces comenzó a producir ideas e ideas las cuales brotaban incesantemente. Cada paso, cada huella que dejaba marcada en el suelo de la isla de la creatividad, lograba que descubriese nuevas ideas y proyectos. Sin lugar a dudas me encontraba en una etapa en que las musas me acompañaban ciegamente. Pero la gran duda era si las mismas me acompañarían cuando cruzase el mar hasta la isla literaria, ya que mi barcaza era muy pequeña y solo podía soportar mi peso. Subí a la embarcación y traté de alcanzar lo más rápido que pude la otra orilla y así lograr juntar las dos cualidades.

En mi insistente lucha contra la bravura de las olas y mareas no me percaté de cómo mi balsa se salía de su rumbo y sin darme cuenta llegué a un lugar en donde el inmenso mar se angostaba, sobresaliendo dos porciones de tierra que cada vez se acercaban más y más. Sobre el terreno de mi derecha caminaba un hombre. Era enano, desagradable, de cara asimétrica y extremadamente barbudo. Por su forma de andar supuse que sufría una cojera parcial. Su mirada era tosca, pero humilde. Al no quitarle la vista de encima no me percaté de que a mi izquierda andaba otra persona, y este otro era un hombre delgado, alto y desmesuradamente pálido. A diferencia del otro, caminaba correctamente, pero su cara demostraba cierto desprecio hacia lo que lo circundaba. Estábamos yendo los tres a la par, formando una línea uniforme. Yo no sabía a quien mirar, y ellos no se percataban de mi presencia.

Sin embargo una ola potente que no previne dio un excesivo empellón a mi barcaza, la cual se deslizó justo frente a los ojos de aquellos seres antitéticos. Sus ojos se postraron entonces en mi balsa y por un instante el segundo se convirtió en eternidad. Sus cuerpos, petrificados, vieron cómo mi balsa se alejaba y al ver que se distanciaba comenzaron a correr frenéticamente hacia donde me encontraba.

En un principio me asusté. Se acercaban a paso veloz, y mi intención era, no obstante, encontrarme cuanto más lejos pudiese de aquellas criaturas. Utilicé mis manos como palas, como remos, para ayudar a avanzar a mi medio de transporte, pero no había manera de alejarme de ellos. Para colmo la tierra ganaba cada vez más terreno sobre aquella entrada de mar, por lo que las orillas se acercaban más y más. Tarde o temprano estaría estancado junto con mi balsa en la tierra, sino estrellado en alguna que otra roca escondida bajo las aguas.

Sin embargo, en un instante en que creí que no estaba más en peligro sentí como cuatro manos me aferraban por todos lados y me arrastraban a la tierra. El susto me paralizó y no tuve manejo de mi cuerpo, el cual fue trasladado de la pequeña embarcación a la tierra y pronto rodeado por los dos seres extraños, el macilento y el enano.
-Te quedarás con nosotros, no harás más viajes. Pues aquí llegan los incapaces de crear historias perfectas -dijo el hombre alto y delgado. -¿Quiénes son ustedes? ¿Qué es lo que desean de mí? -atiné a decir.
-Norsortrors sormors dors persornars cormor vors. Yor tengor murchar carparcirdad para crear historiars, pero nor sér contarlars -me explicó el enano con una voz desagradable y ronca. Ante mi silencio, el otro hombre aprovechó para comentar que él era una persona que tenía mucha capacidad para escribir, pero no tenía idea de qué contar. Fue entonces cuando les dije: -Bueno, está claro que lo que ustedes deben hacer es hablarse mutuamente y enseñarse los unos a los otros. Y cuando sientan que están en condiciones de llevar una relación tienen que unirse y escribir algo entre los dos. Y así crearán un cuento mejor que el que podrían conseguir de seguir solos.

Ambos sonrieron y me agradecieron el consejo. Yo hice una reverencia y cuando volví a posar mi mirada sobre ellos éstos saltaron sobre mí. Lo extraño fue que no me empujaron sino que, por el contrario, fueron absorbidos por mi cuerpo. Sentí que los músculos se me contraían y los huesos se quebraban en mi interior. Me retorcí, di giros y caí abruptamente sobre un suelo sólido. Cuando desperté miré a mi alrededor y descubrí que estaba solo, sin nadie rodeándome; solo yo.
Sentí que era otra persona, que comprendía el universo desde otra perspectiva. Descubrí que las dos orillas no se encontraban alejadas como solía verlas antes. Ahora estaban muy cerca, tanto que con un par de brazadas podría transportarme de una a otra. La balsa ya no estaba, había desaparecido. La superficie sobre la que me encontraba me pareció extraña, pues encontrándome entre las dos islas no parecía ser el piso de madera de mi barcaza. Noté entonces que no me encontraba sobre ella, sino sobre el mar. Y entonces reaccioné y supe que yo caminaba, sí, caminaba sobre el mar, puesto que el mar ahora no aislaba, el mar unía las cercanas dos orillas.

domingo, 17 de febrero de 2008

La primera audiencia

La primera vez que me avisaron que iba a tomar una audiencia me preocupé bastante, pero a medida que fui advirtiendo que todavía faltaba demasiado tiempo para que llegara aquel día, me desentendí como quien deja la pava en el fuego sabiendo que está muy cargada y que la hornalla no calienta a la velocidad que debería. Obviamente, las peligrosas consecuencias a ese "dejarse estar" del ejemplo de la vida cotidiana fue justamente lo que me ocurrió cuando, recién llegado de las vacaciones (y muy de casualidad, por cierto) advertí que la audiencia que me habían designado para tomar estaba a una semana de distancia. Y no solo eso, sino que además no había audiencias previas a las que pudiera asistir a modo de instrucción.

Imagínese quien no estudia Derecho, o quien estudia y jamás lo ejerció, qué entiende por "audiencia", y pueden creerme si les digo que yo entendía lo mismo. Podía definirlo como: "Reunión a la que asisten las partes de un proceso, y el juez o algún miembro del tribunal en su representación con el fin de cumplir una etapa del juicio, pudiendo ser la búsqueda de que las partes concilien -es decir, lleguen a un acuerdo, evitándose los gastos del proceso-, la apertura a prueba del expediente, la toma de declaraciones testimoniales, etc" o de la siguiente manera "Audiencia: es la amiga del cronopio viajero, que tiende a acompañarlo a buscar hoteles ya ocupados y a comprar pasajes ya vendidos", y cualquiera de las dos respuestas podría haberlas considerado correctas.

En consecuencia, mi primer paso fue tomar el expediente. Eso no me costó demasiado, ya que lo tenía sobre el escritorio (me lo habían dejado antes de las vacaciones para que ya lo fuera viendo). Evidentemente las intenciones eran que mi descanso no fuera tal, pero gracias a mi bendita "negligencia", el hecho de que decidiera leer el expediente con posterioridad al receso veraniego me dio el ansiado descanso sin inconvenientes de ningún estilo.

Una vez que terminé de dar una primera lectura veloz del caso, llegué a la conclusión de que no entendía ni jota de lo que ocurría en la causa. Tuve que leerlo reiteradas veces, y encima sabiendo que a cada lectura perdía un tiempo valiosísimo para hacer otras labores también de gran importancia. Finalmente, cuando más o menos tuve una idea, decidí que lo mejor sería dejar que se asentaran los datos adquiridos, y me digné a hacer otras cosas.

El tiempo fue pasando hasta que finalmente llegó el día anterior a la audiencia, momento en que el juez me mandó llamar y, para mi sorpresa, me puso a prueba. Comenzó preguntándome qué tipo de juicio era, qué se reclamaba, qué argumentos habían esgrimido las partes, qué prueba habían ofrecido, y yo, entre el esfuerzo hercúleo de recordar los detalles que podía y los nervios de quien se sienta en un oral a rendir un parcial, iba contestando mientras sudaba la célebre "gota gorda". Luego el juez me dio un par de pautas, a nivel general, para las audiencias venideras (puedo confesar que no llegó a ser un chascarrillo, pues me encontraba bajo el manto protector de la "primera vez"), y un par de indicaciones para la audiencia del día siguiente.

Al salir del despacho, la secretaria privada me entregó una hoja con tips a tener en cuenta a la hora de tomar una audiencia, como el pedir los documentos de identidad de cada persona y controlar que los datos del expediente fueran similares a los del DNI, por ejemplo. De paso aprovechó para decirme que quería ver el boceto de la audiencia.
- ¿Cómo el boceto de la audiencia, si es mañana...? -atiné a decir casi con tono burlón.
- ¿No preparaste todavía el boceto, en base al modelo que tenemos? -murmuró melodramáticamente.
- No, no sabía que había que hacerlo... tampoco sé quienes van a venir y quienes no... ¿como voy a prepararlo? -Si bien no se lo dije, pensé para mis adentros: "estudio abogacía, no tarot, numerología y astrología". No terminaba de comprender lo que me pedía. ¿Acaso comenzaba a vivir en un proceso kafkiano, mezcla de pesadillas con realidad, donde nada tiene sentido, y todo es una gran falta de sentido común?
- Anotalos a todos y de última mañana los borrás si no están. Y completá las pruebas ofrecidas, y... -me indicó todo lo que debía hacer- ... y traémelo así lo vemos. Dale, te espero acá.

Eso último indicaba que tenía que hacerlo para ese mismo día. Consulté mi reloj. Eran las 15.30 aproximadamente, es decir media hora más allá de mi horario, de modo que refunfuñando y pensando "esto sí que Pedro Picapiedra no lo toleraría", volví a mi escritorio, y de la manera más veloz que pude completé el modelo con los datos del expediente, y transcribí lo que sería una audiencia sin sobresaltos, en la que se presentaran todos, no faltara nadie, y todos fuesen felices y contentos y se alegraran de verse las caras, así los hubiesen cagado con el sueldo que les pagaban a los que habían iniciado el reclamo. Y nadie se oponía a ninguna prueba y todos por poco aplaudían de la emoción cuando terminaba el acto en cuestión. Solo quedaba en esa idílica audiencia completar los datos de un perito solicitado por la parte actora. Luego de un par de correcciones pude felizmente irme del Juzgado y seguir mi vida.

La noche previa a la audiencia fue una pesadilla. Imágenes de un juez enfurecido haciéndome preguntas sobre el expediente, abogados satánicos practicando ritos siniestros mientras yo, sin saber qué hacer miraba preocupado, los no abogados (también conocidos como desconocedores del derecho o las partes) reventándose las jetas a mano limpia. Y yo ahí, en plena desesperación, sufriendo, con los DNI de todos en la mano y diciendo: "Bueeeeeeeeeno, a ver si nos calmamos un cachitín, por favor... no, no, no me rompás el expediente, a ver si lo soltamos... ¿qué ganás haciendo eso? Cálmense, chicos, por favor...". Despertar, así fueran alrededor de las cuatro de la mañana, fue lo mejor que me pudo pasar. Intenté no pensar en eso al volver a acostarme y en ese segundo intento concilié el sueño perfecto, ese a través del cual uno realmente logra descansar hasta que el maldito despertador, siempre tan inoportuno, comienza a chillar como marrano. El fantasma de la audiencia se acercaba a pasos agigantados.

Llegué al juzgado. A medida que se iba acercando el horario establecido sentía como los nervios me comenzaban a traicionar, y en pocos minutos me había convertido en un temblor andante. Decidí acelerar mi rutina mañanera, o mejor dicho reducirla lo más posible para así tener un tiempo para releer todo el expediente, solo por si se presentaba algún inconveniente. Y una vez terminadas las tareas que debía realizar, tomé el expediente y me dirigí a la sala de audiencias, para estar en soledad y, básicamente, irme aclimatando a las paredes, al escritorio, a la computadora, al clima frío de la misma.

Adentro hacía mucho frío. El aire acondicionado me obligó a ponerme un pullover, y allí pasé la media hora hasta que comenzaron a llegar las partes. La primera en presentarse fue la parte actora, dos señoras entradas en años, junto con su abogada patrocinante, quien me pidió ver el expediente mientras esperábamos lo que se conoce como la media hora, que es un plazo de media hora que corre a partir del horario fijado para la audiencia para que lleguen las partes. Mientras veían el expediente comentaban el juicio, y todo lo que restaba para poder alcanzar a cobrar el porcentual en el sueldo que estaban reclamando. Daban por asumido que ganarían el proceso. No dije nada, es feo quitarle las ilusiones a la gente, pero quién les decía que sería un trámite y ya. Justamente, lo que hace interesante a un juicio es esa imprevisión, esa duda eterna acerca de si llegará a buen término para la parte el mismo o no. Ellas no consideraban la posibilidad de perder, y yo pensaba que si el juez decidiera no darles la razón sería una gran frustración para las pobres enfermeras jubiladas que ahora tenía enfrente mío, ya no en un papel dentro de una carpeta verde. Pero, de todas maneras, por la imparcialidad que debe sostener el árbitro, me mantuve férreo, frío y distante.

A la media hora, averiguamos si había llegado la parte demandada, el abogado que vendría en representación del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, pero la gente de mesa de entradas manifestó que no había venido. Eso me hizo respirar tranquilo, si una de las partes no viene, directamente no había conflictos y por lo tanto se podía abrir el expediente a prueba sin que haya oposiciones de ninguna parte, y todo terminaría rápido, y sin inconvenientes.

Estaba por tipear que nadie había comparecido por la parte actora, cuando recibí un llamado de la mesa de entradas que me informaba que acababa de llegar el Dr. X para representar al gobierno en la audiencia en cuestión. El Dr. X tenía mala fama entre la gente que tomaba audiencias, por razones que aún hoy desconozco y que prefiero averiguarlas por cuenta propia. Lo cierto es que, de todas maneras, la noticia generó una severa indigestión estomacal, que repercutió en un temblor que se propagó por mis brazos y alcanzó mis manos. Simulé tener controlada la situación, pero mi rostro no debía indicar lo mismo.

Cuando lo vi al Dr. X lo reconocí de inmediato. Ya alguna vez lo había visto en el juzgado pese a nunca haber tenido trato con él. Y pese a su mala fama, su aspecto daba cierta tranquilidad. Un hombre relativamente joven, con un aspecto bastante hippie, pese al traje que llevaba puesto, y que lo primero que dijo al ver que yo iba a tomar la audiencia fue: "Así que nuevo, eh, vamos a encargarnos de hacerte la vida imposible entonces. Ya para empezar, no traje la credencial, tengo la cédula de identidad". No me quedó otra que hacer una excepción ya que era reconocido en el juzgado en el que me desempeñaba. Y una vez que tuve en mi poder todos los documentos de identidad comencé a controlar los datos cargados al sistema. Mientras tanto, los abogados intercambiaban un par de palabras.

Luego de que devolviera los DNI, dije: "Bueno, ahora corresponde preguntarles si están dispuestos a llegar a un acuerdo conciliatorio". El abogado del Gobierno, manteniendo su buen humor, contestó: "En este caso en particular, no". Por lo tanto proseguí diciendo que abriría la causa a prueba, y comencé a relatar lo que había ofrecido cada parte como prueba.

Una de las pruebas ofrecidas era una pericia contable, para lo cual era necesario designar un perito contador. Tomé el bibliorato con los datos de peritos para hacer el respectivo sorteo, y les pedí a las partes que dijeran cada uno un número. La actora pidió el "7", y el Dr. X no se quedó atrás: "También el 7, el 77 son las piernas". "Muy bien, dije yo, entonces designamos como perito contador de la causa al nro. 77, Fulanito de Tal". Tomé nota de los datos y, una vez hecho esto, y no quedando nada pendiente para tratar, les indiqué: "Entonces, no habiendo más que tratar, damos por finalizada la audiencia". Las enfermeras pidieron una constancia de presencia para acompañar al trabajo, y luego de que todas las partes firmaran al finalizar la impresión donde se relataba lo sucedido en la audiencia, les di un apretón de manos, y se retiraron.

En resumen, mi primera audiencia no fue nada trágico, no sucedieron hechos inesperados, y todos se portaron muy bien. Mis pesadillas siguieron siendo meras pesadillas, y no premisas de un fracaso rotundo, y el juez no tardó en indicarme que la secretaria privada, que había venido a presenciar la audiencia, le dijo que había estado muy bien. Recién despues de eso, logré respirar hondo y decirme a mí mismo: "Bueno, estimado, prueba superada".

sábado, 9 de febrero de 2008

Olvidolandia

Olvidolandia, o el país del olvido, fue olvidada hace tiempo por todos, salvo por los habitantes que allí viven, que cada mañana al despertar leen el nombre del país y saben que están ahí. Pero lo cierto es que fuera de ese país ya nadie repara en su existencia. Como lo que pasa un día, al día siguiente es olvidado por la misma gente que lo habita, el país del olvido es el ejemplo más claro de impunidad, de involución, de destrucción.
Todos han olvidado cómo se originó ese país, y también olvidaron su historia. El país del olvido no tiene cultura ni tradición, porque nada queda en la memoria de sus habitantes, todo es como el agua del río, que corre y nunca se estanca. Todo fluye hacia el pasado, tanto lo bueno como lo malo.
Las leyes de esta nación nunca son iguales, se reescriben a diario, y nunca se sabe que se legisló el día anterior. Y como su duración es de un día, porque al día siguiente ya nadie recordará lo que hizo el día anterior, nunca nadie será penado porque lo que hizo en contra a esas leyes. Esos actos ilícitos no son siquiera parte del pasado, sino parte del olvido, y por lo tanto, nunca ocurrieron.
De modo que las injusticias son muchas en el país del olvido, y los verdaderos delincuentes son olvidados como tales. Pero curiosamente, y atentando contra el sentido común, el país del olvido tiene cárceles, que se encuentran desbordadas. Estos "centros correccionales" son ocupados siempre por la misma gente, los marginales de la sociedad de Olvidolandia. No es que estén presos por lo que realizaron en su pasado sino como una política de control social. En primer lugar, porque la clase dirigente necesita contener a la pobreza, y qué mejor que encarcelar a los que mendigan y no aportan al crecimiento económico del país. En segundo lugar, porque si no hubiera presos, la gente del país del olvido creería que la política criminal de su país es débil, y sentiría temor e inseguridad, y culparía de los delitos que vivió en ese día a los políticos y su falta de mano dura. En cambio, habiendo personas enjauladas (gente sin recursos y sin trabajo que no tienen nada que perder a cambio de, supuestamente, adueñarse de lo ajeno), si la población es víctima de un delito, sentirá que se debió a un infortunio, a una mera desgracia y la gente seguira su vida sin quejas, para al día siguiente olvidar el desgraciado suceso. Lo ridículo es que las cárceles resguardan a la sociedad de gente que si bien podría ser potencialmente dañina, no lo es más que otros que se encargan de vender los recursos del país al mejor postor, que realizan negocios corruptos, o que destruyen el medio ambiente. Esa clase de gente, por pertenecer a un estrato social elevado, nunca será cuestionado y siempre será libre de hacer lo que le dé la gana.
Obviamente no hay estadísticas reales en el país del olvido, y nadie puede siquiera averiguar la evolución del país a partir de los datos y registros diarios. Justamente porque es parte de la política de Olvidolandia. Los diarios y revistas no existen en el país del olvido porque como todo lo que dicen es del día anterior, no tiene sentido su existencia, a la población solo le preocupa el presente.
En el país del olvido miran todos hacia adelante sin mirar hacia atrás. Creen en el progreso del país a futuro, pero el futuro siempre se hace presente y al día siguiente pasa a ser olvido.
No se sabe si alguna vez la población de esa nación vencerá al olvido. Nadie sabe qué sería del día en que alguien milagrosamente pudiera recordar y hacer recordar. Probablemente huiría despavorido de ese lugar. Pero si sintiese mucho afecto por ese país, quizás pretendería cambiarlo, abrir los ojos dormidos de la muchedumbre que cree estar despierta.
Y si algún día sucediese eso, quién sabe si de todos modos tendría éxito o su lucha sería en vano. Porque no sería raro que los intereses políticos y económicos lo callaran, lo cual no sería muy difícil en un país sin memoria. Pero más miedo daría el saber que la misma gente lo buscara callar por el simple temor a la idea de poder recordar.

miércoles, 30 de enero de 2008

El premio del concurso de baile

En el año 2002, último año del secundario, hice un taller de cine en donde uno de los temas que vimos fue el guión cinematográfico. A modo de práctica, se nos indicó que hiciéramos una tarea que consistía en escribir un guión en base a determinados papeles que por sorteo sacábamos de una bolsa. Cuando fue mi turno, saqué cuatro papeles que decían lo siguiente: "JULIAN WEICH", "MARIANO CLOSS", "TURQUIA", "NO SABÍA QUE BAILABAS TAN BIEN". Fue así como se gestó en mi cabeza este guión de una comedia corta en la cual los dos famosos llegan a Turquía.
El guión contiene información que también marca un poco la época en que fue escrito y aparecen nombres, que hoy al releerlos me traen una pincelada de lo que eran aquellos días. También ha mantenido vigente, a mi modo de ver, el humor, pese al tiempo transcurrido y a los cambios de estilo que haya podido llegar a tener en mi narración. Tal vez es un tanto largo para un solo posteo, pero creanme que es de fácil y rápida lectura, y si terminan de leerlo con una sonrisa habré logrado el objetivo que perseguí al momento de escribirlo.
Y lo último: los personajes son ficticios, y recibieron la forma de Julián Weich y Mariano Closs por mero azar. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

EL PREMIO DEL CONCURSO DE BAILE


ESCENA 1- NOCHE EN UN BOLICHE DE BUENOS AIRES

Mariano Closs camina por entre la gente que está dentro del lugar y llega al toilette. Se lava las manos, se moja la cara y mientras se arregla el pelo ve a Julián Weich salir de uno de los sanitarios.

MARIANO.- ¿Julián Weich?

JULIÁN.- Sí, ... ¿Mariano Closs? ¿Sos vos? ¿Cómo te va?

MARIANO.- Bien. No te había visto antes.

JULIÁN.- No, tengo una cagadera de la reputísima madre. Desde que llegué que no salgo de acá adentro. Pero ¿cómo anda todo?

MARIANO.- Bien, bien, bah..., sí, bien. ¿A vos, cómo te va? ¿No empezás este año con Sorpresa y Media?

JULIÁN.- No, me tomo un año sabático. Ahora voy a currar con publicidades y algún programa pedorro que empiece a mediados de año. No sé todavía que puede ser, pero seguir con Sorpresa y Media sería un quemo. Para colmo todavía no me garpan lo de UNICEF y la verdad estoy pensándolo seriamente si seguir con esos especiales de todo un día... A vos te escuché relatando un par de partidos de la selección.

MARIANO.- Sí, también estoy en los campeonatos Apertura y Clausura relatando partidos por La Red, la radio, ¿viste?

JULIÁN.- Sí, muy buena radio. ¿La de Hadad, no?

MARIANO.- Esa es Radio 10…

JULIÁN.- Sí, muy buena radio. Mandale saludos a Danielito cuando lo veas. Pero te noto preocupado, ¿tenés algo?

MARIANO.- Sí... estoy participando de un concurso de baile con una compañera. El premio es un viaje a Turquía. Llegué a la final, pero tengo miedo que me vaya mal justo ahora. El otro chabón parece muy bueno. Como que me va a romper el...

JULIÁN.- No te preocupés. Yo te enseño un baile para que vos le rompás el culo a ese “bailarín”. Mirá, levantas las manos así, bien estiradas y las movés para cada lado con rebotes. Así, ves. Después, mientras haces así, movés la cadera hacia todos lados. Esto lo hacés por medio minuto. Después cruzás un brazo bien arriba, el otro y te movés pero sin despegar los pies del piso, ¿entendés, no?

MARIANO.- Sí, pero, ¿este baile sirve para cualquier canción?

JULIÁN.- Pero claro... Pensá que en realidad si tiene menos ritmo lo haces más lento y si es muy rápida le das con todo. Además lo importante es hacerlos reír a los que están mirando, no hacerlos sentirse con bronca, ¿entendés? Dale, salí, capo, que vas a ganar.

MARIANO.- No sabía que bailabas tan bien.

JULIÁN.- Bueno, ahora lo sabes. Suerte, Mariano, te dejo ahora que me volvió la diarrea.

Julián se mete en una letrina y Mariano sale contento del baño.


ESCENA 2

Julián Weich sale del baño y busca a Mariano Closs quien estará bailando como él le dijo una canción no muy conveniente para dicho baile. Viendo que su amigo se encuentra en problemas le hace un gesto a uno de sus guardaespaldas. Éste se le acerca y oye lo que Julián tiene para decirle al oído. Luego se ve como Julián comienza a saludar a la gente mientras se pone a bailar y de fondo se puede observar al guardaespaldas amenazando al participante finalista del concurso de baile, e incluso como lo ataca.

ESCENA 3

Aparece el otro participante todo magullado y dice:

PARTICIPANTE.-Como Mariano bailó tan bien, no sigo participando.

JULIAN (hacia el público admirado por las palabras del participante).- ¡Se hizo justicia!

La gente comienza a aplaudir a Mariano Closs, quien se abraza con Julián Weich. Mientras se puede apreciar que el participante descubre que el guardaespaldas con cara de piedra lo está observando meticulosamente. La cámara regresa a Mariano quien se encuentra con un presentador, ambos acompañados por Julián.

PRESENTADOR.- Entonces no nos queda más que decir que los participantes ganadores del concurso de baile han sido el señor Mariano Closs y su compañera Elisa Alvarenga. Ambos ganadores de un viaje a Turquía. Felicitaciones. Les damos un fuerte aplauso.

Aplauso y emoción en la cara de Mariano, quien lo mira al sonriente Julián a un costado.

ESCENA 4- INTERIOR DE UN AVIÓN

La cámara hace un plano medio de Mariano Closs al lado de la ventanilla del avión hablando.

MARIANO.- Che, que suerte lo del concurso de baile, ¿no? ¿Quién se iba a imaginar que el tipo ese iba a rendirse frente a mi forma de bailar?

Plano general del interior del avión en donde puede observarse claramente que está sentado a su lado Julián Weich, quien al oír lo que éste le dice pone cara de desentendido y responde.

JULIÁN.- Sí, cierto.

MARIANO.- También ¿quién se iba a imaginar que mi compañera de baile iba a llamarme y decirme que no se sentía con ganas de viajar, que prefería no salir del país y que sería muy lindo si te llevaba a vos a Turquía? ¿No? ¿No es loco esto?

JULIÁN (Con la misma cara de desentendido...).- Sí, cierto.

MARIANO.- Y todo se lo debemos a tu baile. No bailé como vos, pero lo hice bastante bien, ¿no?

JULIÁN.- Seee... Che, cambiando de tema, sabés que me encanta tu forma de relatar... a ver, hacete un relato cortito de un partido...

MARIANO.- Bueno, pero ¿de que cuadro sos vos?

JULIÁN.- De Boca, ¿vos?

MARIANO.- ¡Yo también! ¡Tenemos muchas cosas en común! Definitivamente este viaje tiene toda la pinta de que va a estar bárbaro con vos al lado.

JULIÁN.- Sí, seguro (Risa forzada)... Bueno, dale, relatá.

MARIANO.- ...lleva la pelota Pérez, éste se la pasa a Riquelme. Gambetea y guapea Román. Está por marcarlo Lopez. Falta, lo marcó de por vida... cómo le fue al Román, Don Niembrooooo. Ahí entonces él dice alguna pavada y me deja continuar. El tirolibre le corresponde a Boquita. Se prepara para pegarle Románnn, acompañado de Serna. Para mí que le pega el Romi. Toma carrera Serna, patea Romaaaán, el arqueroooooo la manda la corneeeeer. Va el pelado Pérez a tirar el tiro de esquina que le corresponde al Club Atlético Boca Juniors. Centro al áreaaaa, la dejan pasar y va para que la domine el Guille; otro centrooo, Bracamonteeeee, tatata... huelo gol, y uhhhh. La colgó en la bandeja alta del estadio. Habrá que ir a buscarla con una escalera Easy, Easy, estamos para ayudarlo… Ahora entramos a jugar los últimos diez minutos del primer tiempo, Don Niembroooo...

Julián quien en todo momento esperaba que gritara gol se mantiene expectante y sonriente, pero también puede observarse en su rostro cierta impaciencia.

ESCENA 5

Julián intenta dormir. Se escucha la voz de Closs todavía relatando. Julián se cubre con la almohada los oídos, se revuelca, hasta que, harto de escucharlo le dice:

JULIÁN.- ¿¡Te podés callar!?

MARIANO.- ¡El público está impaciente, Don Niembro! ¿Qué dicen en el banco de suplentes de Boca?

JULIÁN.- Que te calles…

MARIANO.- Evidentemente hay mucha angustia por el inquebrantable cero a cero… A no desesperar, que todavía faltan veinte minutos de este segundo tiempo… más lo que adicione el árbitro, obviamente! Vas a ver Julián, el final va a ser de emociones fuertes, se huele en el aire de la Bocaaa…

Julián pone cara de por qué se le ocurrió pedirle un relato.

ESCENA 6- EN UNA CALLE DE ESTAMBUL

Están los dos muy desorientados. Ven pasar gente por todos lados. Ellos tienen el aspecto de turistas, con las cámaras de fotos colgándoles del cuello, anteojos negros, shorts y chomba. En el piso tienen unos bolsos y una valija cada uno.

MARIANO.- Bueno, ¿ahora que hacemos, Juli?

JULIÁN.- Ni idea, yo no sé hablar nada, ni inglés. Vos sí, ¿no?

MARIANO.- No, ni jota, macho. Cero de otros idiomas. ¿Qué hacemos?

JULIÁN.- Pará a ese tipo que viene ahí. Ese flaco seguro nos entiende.

Se acercan a un hombre que camina muy apurado, Mariano se adelanta, le toca el hombro y habla modulando cada sílaba de la frase. El hombre lo mirará extrañado hasta que responde sonriente y atropelladamente su texto. Nadie tendrá la posibilidad de siquiera murmurar.

MARIANO.- Dis...cul...pe, ¿ha...bla es...pa...ñol?

HOMBRE.- ¿Mariano Closs, sos vos? Soy argentino, como no voy a hablar español. Julián, maestro, capo total. ¿Qué hacen acá? ¿Y juntos? ¿No son acaso de canales distintos? Che, Julián, me dicen mis hijos que este año no empezaste todavía con tu programa, como te haces rogar... ¿Cómo anda todo por allá? ¿De la Rúa, Duhalde?, ¿quién está ahora en el poder? ¿Subió Zamora? Cuando suba lo voto. Ese tipo es un capo. Ojalá todos los políticos fueran como él. ¿Cómo anda todo eso del corralito y los cacerolazos, los piquetes y los saqueos? ¿A vos te agarró también el corralito? Unos parientes perdieron todo, pobre gente, no era guá, pero ahí, zafando viste, y con esto lo perdieron todo, todito. Afortunadamente yo trabajo en el exterior, como verán, y consigo dólares, pero tengo que mantener a toda una familia. Es jodido de todas maneras, no sé, que se yo. Che, Closs, ¿cómo anda River? Yo soy fanático, tengo unas ganas de ir a la cancha, pero como que desde acá es un poco imposible, ¿no? Y vos Julián, mi mujer dice que estás laburando en unas publicidades de jabones en polvo, ¿es cierto?, que decaída, macho. Y con lo que me reía con tus programas familiares. El chueco Suar debe andar bien, ¿no?, apretándose a la... ¿cómo es? ... Carola Casini, ¡Araceli! ¡Qué bombonazo esa mina, eh! Si la agarro la part.... Se darán cuenta que vivo lejos pero sigo al tanto con lo que pasa en mi país, no? (Mira el reloj) Uy, dios, miren que tarde se me hizo. Los dejo que llego tarde a la reunión, chau, chau, saludos a Niembro, a Suar y a Maby, chau.

El hombre se va trotando y quedan Julián y Mariano completamente paralizados, abrumados, casi sin respirar, intercambiando miradas.

ESCENA 7 - PLAZA DE ESTAMBUL

JULIÁN.- La concha de la lora, me quería ir de Argentina por un tiempo, pero a un lugar mejor. ¿Y a donde voy a parar? A este lugar de mierda. Qué horror, ¿por qué no llevan a los ganadores del concurso de baile a España en lugar de Turquía? Miserables.

MARIANO.- Bueno,... calmate, Julián. Turquía no es un país feo, la gente no parece mala...

JULIÁN- Que me chupen los huevos todos estos “caras de terroristas”. Mirá si no tengo razón que ese se parece a Bin Laden, ese a Yasser Arafat, ese a Saddam Hussein y ese a Polino. País de mierda. Y dicen que el nuestro es el peor de todos, mentirosos. Aunque la verdad minga que veraneo en un país como el nuestro. Nada mejor que Miami o Cancún, con la pendejada. Pero no, en lugar de esos lugares, acá o Argentina.

MARIANO.- Bueno, pará un cacho. No es para tanto.

JULIÁN.- Pero ¿viste con qué cara nos miran los turcos que paramos para preguntarles adonde morfar? Ni que les dijéramos: “Haceme una turca”, que los parió. (Busca algo en que posar la mirada que no le de asco y frena su vista en un monumento. Se vuelve a poner furioso. Y caminando con bronca hacia el monumento, en donde se puede ver en una posición heroica a una persona, dice): Encima mirá esa estatua que está ahí. El chabón es siempre el mismo. Tarados, son todos unos plagiadores, escultores truchos. Son todas iguales, ¿quién es ese para aparecer en todas las plazas, eh?

MARIANO.- Y a mí me lo vas a preguntar, que no distingo a Rosas de Sarmiento. A ver, pará, creo que tiene escrito algo. A ver, se trata de Mustafá Kemal.

JULIÁN.- Y ese ¿quién joraca es? Ves, son retardados. Poner una estatua de un desconocido en medio de todas las plazas. Y encima se hace el héroe de guerra, con esa cara de pelotudo.

MARIANO.- Bueno, basta. Calmate. Mirá, vamos a comer ahí, sí, y después buscamos un lugar para pasar la noche, ¿dale?

Julián refunfuña y camina con el otro hacia el negocio de comidas que está enfrente de la plaza. Entran y están las mesas y la barra para comer. Mariano se sienta en la barra y pide algo para comer mediante gestos. Julián solo hace gestos de bronca y odio. Les sirven pescado.

JULIÁN.- ¿Pescado? No tenés una comida más fea que este pescado podrido, turquito, ¿no tenés acaso higos turcos que son más ricos?

MARIANO.- Tranquilizate, Julián, o nos van a rajar a patadas.

JULIÁN.- Sí, que hagan lo que quieran, pero si quieren sacarme de este lugar espero que lo hagan rápido porque les pienso ganar. Ni pizza tienen.

DUEÑO (Asintiendo contento el dueño del local).- ¡Pizza! ¡Pizza!

Saca de debajo del mostrador una prepizza y señala el reloj indicando que en diez minutos está lista. Mariano Closs y Julián Weich se miran encantados. Julián le señala contento al hombre que van a sentarse en una mesa cercana a la ventana. La cámara los sigue y una vez que se sientan sube sobre sus cabezas mostrando el reloj. En un veloz movimiento de agujas se ve cómo las seis de la tarde se convierte en ocho de la noche. La cámara regresa a Mariano Closs y Julián Weich donde puede verse a Mariano dormido sobre la mesa y a Julián refunfuñando.

JULIÁN.- No puede ser. No tienen vergüenza. Turcos de mierda. Asesinos de turistas. Diez minutos. ¡Diez horas! Ni que estuviesen moliendo el grano para hacer harina, turcos pelotudos.

MARIANO.- Julián, podes no hablar que mi cabeza va a estallar. Te estás quejando desde que pisamos tierra en el aeropuerto.

JULIÁN.- Ah, ¡ahí saltó el abogado defensor de los turcos! Pero andá, ¿no te da vergüenza que traten a dos personas como nosotros así? Me gustaría tener a mis guardaespaldas para que les rompiese el culo a todos estos sinvergüenzas. Además tenés razón con lo de que pisamos tierra. Estos incivilizados tienen todo lleno de suciedad.

MARIANO.- Vamos, no exagerés. Uh, mirá quien viene ahí...

El dueño del negocio trae la pizza y comienza a dar un discurso mientras apoya la pizza sobre la mesa. Nadie entiende lo que dice, pero parece como una disculpa.

JULIÁN.- Callá a este pelotudo o lo trompeo.

Ambos se miran cuando acaba de hablar y Mariano hace un gesto con la cabeza de agradecimiento mientras Julián lo mira con bronca mientras éste se aleja. Una vez que vuelve a su lugar el dueño del local, los dos se miran a los ojos y, hambrientos, miran la pizza. Sus muecas de felicidad se disipan. Solo hay sorpresa en sus rostros. Plano detalle de la pizza. Ésta es la prepizza, sin nada, calentada, o sea un pedazo de masa sin queso, jamón, sin nada.

JULIÁN.- ¡Dios! Esto no es una pizza, ¿o sí? Mariano, decime que esta es la entrada gratuita que nos dan al pedir pizza...

MARIANO.- Sabés muy bien que es la pizza...

JULIÁN.- ¿Sin tomate, queso, morrones? Dios, no le pusieron ni aceitunas...

MARIANO.- Ni orégano...

JULIÁN.- ¡Ni orégano! Dios, que país. No, definitivamente esto no puede seguir así. Me niego a reconocer en esta barbaridad una pizza.

MARIANO.- Mirá, callate y comé, que creo que esto va a ser lo que más te guste...

Los dos toman una porción y al levantarla descubren que está un poco quemada. Antes de llevársela a la boca Julián Weich murmura:

JULIÁN.- ¿En que habrán desperdiciado tanto tiempo para dárnosla? Está quemada, pero no recibió fuego durante dos horas, sino sería carbón...

MARIANO.- Y seguramente tardaron bastante en moler las bolas del camello que estaba afuera para hacer la harina de la prepizza, jeje...

Julián mira su comida y decide con una cara de repugnancia regresar la pizza al plato y no probar bocado. El dueño al ver que no come se le acerca y le habla. Con gestos le pregunta si no le gusta la comida. Julián lo entiende...

JULIÁN.- No, no me gusta la mierda esta, no me gusta. ¡La verdad es que no pienso comer bolas de camello quemadas, no pienso siquiera quedarme un segundo más en este lugar tan repugnante, no quiero ver más tu sucia y asquerosa cara de terrorista, ni parar en una plaza y ver la misma estatua con un gesto distinto! No quiero ver más este país de mierda y su gente asquerosa. No quiero, no quiero, no quiero.

MARIANO.- Julián Weich, callate o nos linchan, boludo.

JULIÁN.- No lo creo. ¡Los voy a linchar yo primero!

Julián se arroja sobre el dueño del bar y Mariano Closs se levanta para tratar de interferir. Caos total dentro del negocio. Todos los turcos se meten en la pelea.

ESCENA 8- INTERIOR DE AUTO POLICIAL

Los dos están callados sentados entre policías turcos. La cámara se posa en primer lugar sobre Mariano quien mira por la ventana que tiene más cerca. Su cara es de vacaciones destruidas. Gira su cabeza hacia donde se encuentra su compañero. La cámara entonces hace un primer plano de Julián quien está todo golpeado. También está callado mirando por la ventanilla más cercana. Su bronca parece haberse ido tras haber recibido la golpiza.

MARIANO.- Sos un pelotudo. Ahora no sé cómo nos salvamos. Dios, ¿cómo pude haberte invitado?

JULIÁN.- Callate, boludo, que si no era por mí no viajabas.

MARIANO.- Ah, porque tu baile fue lo que me hizo ganar ¿no? Mirá, pongamos las cosas en claro. Si te saludé es porque somos los dos de la farándula y no podía hacerme el sota. Y la verdad es que me parecés un retardado en tu programa. De hecho me alegro que no te hayan dejado empezar este año con Sorpresa y Media, así tengo un canal más para ver los domingos a la noche.

JULIÁN.- Si no sabés no hablés, gil. No me prohibieron hacer mi programa, yo no quise. Que quede claro. Y si la idea es deschabarnos te digo que si hay algo muy insoportable es descubrir que el partido que uno quiere disfrutar está siendo relatado por un gangoso como sos vos relatando. Me das asco, y si no fuera por el respeto que le tengo a Niembro y el hecho de que no hay otro canal que me pase el partido, miraría a otro. Y para finalizar, Hadad, tu amigo de la radio, me parece un facho podrido.

MARIANO.- Pero, ¿qué decís? Hadad no labura conmigo...

JULIÁN.- No te laves las manos, gil.

Julián dice esto último dándole un tortazo a Mariano quien intenta reaccionar. Los oficiales los detienen mientras un oficial pide silencio.

OFICIAL.- Shhhh.

JULIÁN.- Bueno, me callo. ¿Adonde nos llevan? Che, ¿no hablan español? Pelotudos... Turcos estúpidos, ineptos que no saben un puto idioma que no sea el turco.

OFICIAL.- Sé hablar español. Lo llevo a uno de los hombres importantes de Turquía para decidir sobre su futuro en el país.

MARIANO.- ¿Llamaron a la embajada Argentina? ¿Al embajador?

OFICIAL.-Sí, pero les cortaron el teléfono. No pagan desde hace un año. No pudimos comunicarnos con ellos. Ahora silencio hasta llegar al lugar.

ESCENA 9- NOCHE EN EL PALACIO DE TURQUÍA EN ESTAMBUL

Mariano y Julián están sentados en dos sillones dentro de una sala bien amueblada, sin mirarse, diciéndose de costado los insultos que van aumentando en potencialidad de la voz, hasta casi llegar a arrojarse uno sobre el otro.

MARIANO.- ... Imbécil ...

JULIÁN.- ... Pelotudo ...

MARIANO.- ....enano....

JULIÁN.- ...Gangoso...

MARIANO.- ... Hijo de puta ...

JULIÁN.- Hola, mami.

Entra el oficial que los ve insultándose y se acerca a separarlos.

OFICIAL.- Silencio. No quiero oír una sola palabra más. Ahora va a entrar el señor más respetado en Turquía, el señor Carlim Menemen.

Julián y Mariano al oír el nombre se congelan en sus lugares.

MARIANO.- ¿Cómo dijo que se llama? ¿Carlim Menemen? Julián, ¿no será el turco? ¿no será Menem este Menemen?

JULIÁN.- No sé. ¿Crees que es Carlitos...?

MARIANO.- Y, no sé, pero...

JULIÁN.- Puede ser.

Entra un hombre petiso y con patillas, pero no Carlos Menem.

JULIÁN.- Parecido, pero no es exactamente quien esperábamos.

MARIANO.- ¡Que coincidencia, no! Carlim Menemen y Carlos Menem, los dos petisos y patilludos.

El hombre que entró toma una bandeja y se va. Entra entonces Carlos Menem quien se saluda con el hombre que se lleva la bandeja. Cuando mira a los dos hombres se sorprende.

CARLOS.- ¡Por dió! Pero si son Mariano Cló y Julián Weich. ¿Cómo le’ vá mi’ amigos?

LOS DOS JUNTOS (Aún sorprendidos...).- Bi...en

CARLOS.- Qué sorpresa má’ inesperada, la próxima avisen muchacho’. Por dió. ¿Pero que le pasó, Julián? Tiene un ojo morado. ¿Se peleó con alguien?

JULIÁN.- No, problemas con el gato, digo la abeja, digo el perro. (Cambiando de tema) Qué sorpresa, ¿qué hace acá?

CARLOS.- Y, ió soy muy necesitado. Ió tengo que estár aquí y aía. Soy buscado en todos lados, y acá estoy resguardado. Tengo que preservarme pal 2003. Y acá soy Carlim Menemen, y aiá ia me conocen. ¿Y cómo iegaron a Turquía?

MARIANO (Cambiando su actitud hacia su compañero).- Bueno, gracias a un concurso de baile en el que participé. Gracias a Julián pude ganar. No se imagina cómo baila este hombre.

CARLOS.- ¿Y les gusta Turquía?

MARIANO.- Sí, nos pareció hermosa. Los monumentos, las construcciones, todo.

JULIÁN.- Para ser sincero ... no la sentí demasiado. La gente me pareció muy amistosa y las comidas muy ricas, pero, no sé, como que mi casa está allá, en Argentina.

CARLOS.- Sí, pero no é tan así. ¿Saben una cosa? Ió tengo mucho poder aquí, así que voy a hablar con mis amigos para que puedan quedarse un rato más y disfrutar de Turquía...

JULIÁN.- La verdad es que no tiene que molestarse, Charlie, le agradecemos de todo corazón.

CARLOS.- Vamos, no se hagan rogar. Les veo las caras de quedarse acá. Ió me encargo. Voy a lograr que se queden aquí todo un mes. Hace mucho que están, ¿no?

MARIANO.- No, la verdad es que llegamos hoy a la tarde.

CARLOS.- Pero no han visto nada, no, no. Ustedes se quedan aquí por más tiempo, por dió. ¿Y como anda todo por aiá, en mi Argentina? ¿Sigue el corralito, lo’ cacerolazo, el jue’ Urso?

Mientras Carlos Menem habla la cámara hace un plano compartido de Julián Weich y Mariano Closs con sus caras mezcla de horror y bronca.


FIN