sábado, 21 de febrero de 2009

La ventana indiscreta (o esa desgraciada manera de descubrir cómo el vecino no trabaja)

La primera vez que los vi, atacados por una epidemia de muecas de preocupación, sentí que aquella gente de la oficina vecina trabajaba en algún asunto más complejo del que los que habitualmente tenían a su cargo. Abstraídos, pensativos, flotando en una nebulosa colosal de incertidumbre, probablemente estuvieran buscando una solución a algún problema que hubiese llegado a sus manos o alguna cuestión similar.
Pese a la cantidad de trabajo que tenía acumulado sobre mi escritorio, había decidido tomarme un breve descanso de unos minutos para servirme un café bien cargado de la jarra de vidrio que reposaba junto a la ventana. Aproveché la circunstancia para abrirla y permitir que el aire circulara. En la otra punta del salón un gran ventanal que daba a la calle se encontraba a medio abrir y de ese modo soportábamos todos estoicamente el rigor del verano porteño. Es que nos habían cortado el aire acondicionado como quien corta una rodaja de manzana. Una falla en los circuitos, había dicho el intendente del edificio, y eso podía durar un par de días, con mala suerte una semana. Ya había pasado un mes y la solución seguía sin aparecer.
Pude notar que el calor también afectaba a los meditabundos vecinos, que del otro lado del tragaluz también habían abierto su ventana y se abanicaban con un bloc de hojas o alguna carpeta de tapa dura.
Qué cuestión de magnífico interés estarían resolviendo, me preguntaba intrigado.
No recuerdo si fue mientras volcaba la primera cucharada de azúcar o en la segunda cuando una mujer de la oficina vecina, dio un respingo en su asiento y casi como si se sintiera Arquímedes vociferando “Eureka”, exclamó:
-¡Ya sé!
Todos la miraron expectantes esperando no ya una explicación mundana sino una suerte de dictamen místico, como si algún dios le hubiese hablado al oído y le hubiera abierto los ojos a la sencillez. Yo, mientras revolvía, seguía atentamente la escena, cada vez más interesado.
-¡¡El unicornio!!
-Los unicornios no existen, Mabel… -fue la respuesta de uno de los muchachos que seguía con aspecto vacilante.
-Es el único animal que se me ocurre que pueda tener un cuerno en medio de la frente…
-El unicornio no existe, en serio te lo digo, Mabel…
-Pero si… hasta tienen una canción…
La miraron con reprobación, la cual aumentó considerablemente cuando empezó a cantar imitando la voz de Silvio Rodriguez: “Mi unicornio azul ayer se me perdiooooó.”
-Era la ballena narval… -dijo finalmente el que los tenía a todos expectantes.
-Pero salí de acá… -exclamó una de las muchachas que estaba a su lado.
-Aguante el unicornio, loco –agregó uno y todos rieron.
Me hallaba absorto. Lo que parecía un dificultoso caso en análisis no había sido más que un engaño. No recuerdo haberme quedado demasiado tiempo más junto a la ventana. Tal vez unos dos minutos con dieciséis segundos en los que vi como seguían todos reunidos y se hacían adivinanzas del estilo de las que aparecen en los caramelos Palitos de la Selva. “Cuadrúpedo de piel manchada, cuernos y cuello largo”. “Mamífero que se alimenta de hojas de bambú”. Etc.
En aquella ocasión, fue un despertar tal vez. Noté que desconocía cuál era el trabajo que realmente se realizaba en esa oficina e inmediatamente me propuse averiguarlo, asumiendo que no sería una tarea muy complicada, dado que alguien de los que trabajaba conmigo seguramente ya les habría preguntado, o se habría informado luego de sorprenderlos in fraganti como yo.
Pero, que tal si nunca habían tenido tiempo para algo distinto al trabajo y luego de un esfuerzo sobrehumano habían conseguido llegar a cero o disminuido enormemente el caudal de tareas pendientes, lo cual les daba un alivio que se manifestaba en un juego tonto para celebrar. Inmediatamente sentí el peso de advertir mi conducta prejuiciosa, el suponer que por haberlos encontrado una vez haciendo algo distinto a su trabajo, ello implicaba que eran unos vagos o algo similar. ¡Qué cruel inhumano detestable individuo había surgido de mi interior como un Mr. Hyde, adueñándose de mis pensamientos y generándome disgustos que no tenía por qué haber sentido! Si al fin de cuentas ni siquiera son parte de mi oficina. Claro que eran parte de la misma organización, pero si estaban ahí, seguramente por algo era. Y era claro que nadie está en una organización para tener la función de jugar adivinanzas. Su función sería seguramente de esas que desgarran las neuronas y después de un par de años tienen que encerrarlos en centros psiquiátricos porque sienten que son perseguidos por monstruos burocráticos de papel y carbonilla, con brazos de teclado, cables y dedos de chinches y ganchos.
Al mediodía, mientras le ponía mayonesa al sándwich que me había traído el chico del delivery, le pregunté a mis compañeros que también se aprestaban para almorzar, si sabían qué tareas realizaban los de la oficina vecina. Nadie supo contestar salvo uno, con años en la oficina, que me mencionó que, según tenía entendido, preparaban informes previos al dictado de resoluciones del consejo superior, es decir, opiniones que servían para tomar determinadas decisiones. Calculé que eran cargos relativamente importantes.
-Qué te creés. No por nada ellos ganan bastante más guita que nosotros.
-¿Y trabajan mucho?
-No tengo idea. Calculo que sí… aunque es cierto que varias veces los vi bastante relajados…
Un repentino presentimiento resurgió en mi mente, una idea atroz y casi inconcebible de que los vecinos en lugar de hacer el trabajo que les correspondía se dedicaban a perder el tiempo con sandeces, pero como por entonces ya estaba terminando mi sándwich y debía volver al trabajo todas esas ideas desaparecieron con la misma velocidad con la que habían aparecido.
A partir de entonces mi trabajo pasó a ser más meticuloso. Cada vez que me acercaba por alguna razón a la ventana echaba un profundo vistazo a la oficina vecina adoptando la actitud de un polizonte que persigue a una persona por mera portación de cara, dispuesto a descubrir el ansiado delito que le diera la razón.
Pero nada. El día pasó y las veces que me acerqué a la ventana tan disimuladamente como pude, que habrán sido unas cuarenta y ocho veces aproximadamente, los encontré siempre reunidos alrededor de una computadora, o leyendo en el escritorio que ocupaba el centro del salón de su oficina. En ningún momento pude oír lo que decían de modo que debí frenar mis impulsos por la presunción de inocencia.
Hasta que demuestre lo contrario, pensé maliciosamente.
Al día siguiente, al llegar puntual como acostumbro, me abalancé a la ventana. Las luces estaban prendidas, pero la oficina se encontraba deshabitada. Volví a la media hora, todo seguía igual. Acaso no trabajan esta gente hoy, me sonreí sintiendo una victoria entre mis manos. Recién a la media hora noté que la oficina se había llenado de manera repentina.
-Buena vida la de los vecinos –le dije al que me había dicho lo que alguna vez había oído respecto de lo que se hacía en aquella oficina.
-¿Por?
-Recién acaban de llegar…
-Ellos entran una hora más tarde que nosotros –mencionó casi sin prestarme atención.
Seguramente en mi rostro se debe haber notado una gran desilusión, pero nadie llegó a notarlo. Era extraño. Por un lado, deseaba estar en un error y que esa gente estuviera trabajando como nadie, pero por otra parte quería tener razón en mis suposiciones, lo cual hacía que me sintiera defraudado si notaba que estaban trabajando y cumpliendo sus horarios en buena ley. Advertía que el subjetivismo me estaba poseyendo, pero no hacía demasiado por alejarlo de mí, como si muy en lo profundo de mi ser tuviera la verdad absoluta e irrefutable de que aquella gente no trabajaba.
Ese día el aire estaba fresco en la oficina. El aire acondicionado había sido arreglado. Podría ser posible que tuviera tanta mala suerte, más de un mes rogando que arreglaran el bendito aire acondicionado y lo venían a reparar justo en ese momento, cuando necesitaba más que nunca poder escuchar lo que los vecinos podían decir. Y claro, como era de suponer, tanto nuestra ventana como la de los de al lado se encontraban cerradas, imposibilitando la indagación que estaba decidido a llevar adelante. De modo que me tuve que contentar con mirarlos y rogar verlos en una situación que me diera la razón, como ser que estuvieran jugando a la mancha o a las escondidas.
Traté de no pensar demasiado en el asunto. Además, el regreso del frescor en la sala consiguió que la comodidad de todos los que trabajábamos allí se traspasara al trabajo, lo cual se notó en la disminución de errores y en una mayor velocidad en las tareas, consiguiéndose poner al día cuestiones atrasadísimas.
Pero esto generó un mayor tiempo ocioso que el que días atrás habría podido tener, y mis ganas de develar el misterio de los vecinos, volvió al galope. Miré a cada rato a mis vecinos esperando el momento de encontrarlos jugando al truco en pleno salón. Pero no había manera, y todo lo que pudieran estar hablando se encontraba absolutamente protegido por esas paredes herméticas, infranqueables. Todo esto me condujo a que con el tiempo fuera cansándome y viera cada vez menos a través de la ventana hasta directamente evitarla en mis recorridos.

Tomar mate en la oficina es bueno dado que me mantiene despierto, me permite consumir los litros de agua diarios necesarios según los nutricionistas, me da pequeñas pausas que evitan un colapso cerebral, y en caso de notar que nada de lo que estoy haciendo me sale bien, me levanto, de mi asiento, tiro la yerba, cargo nuevamente el termo, preparo el mate y vuelvo a empezar.
Claro que todo lo que entra tiene que salir, y esto me condujo en una ocasión a descubrir un hecho nuevo que haría cambiar las percepciones que había tenido hasta el momento. Estaba alcanzando el baño de hombres urgido por las ganas de pesar un litro menos cuando me paré en seco al escuchar que los trabajadores de la oficina contigua hablaban y sus palabras desde ahí, desde la puerta del baño, se oían claras y precisas. Desde ya que las ganas de ir al baño desaparecieron inmediatamente.
-No, el actor que te digo no es el de Ghost, ese es Patrick Swaysze. Yo te hablo de Kurt Russell…
-¿Pero en donde trabajó?
-Si me acordara… ah… ya sé, en Stargate…
-Uh, pero la vi cuando era un pibe.
-A mi me gustó Ghost –se escuchó que se sobreponía la voz de una mujer-. Y la chica es hermosa. Demi Moore, ¿no?
-Pero no estoy hablando de Ghost…
-Igual Whoopy Goldberg es la mejor… y en la de las monjas, es genial…
-¡¡Ah, sí!! –Se agregaban nuevas voces.- ¿Y vieron Entre Tinieblas, de Almodóvar? Es sobre unas monjas que se drogan, son lesbianas, es muy divertida.
-Pero, se están yendo por las ramas… Yo quería decir otra cosa…
-Hace tiempo no veo una buena peli…
En ese momento salió del baño un compañero de la oficina que me encontró quieto, frente a la puerta del baño y, sorprendido, me preguntó:
-¿Te sentís bien?
-Eh, sí… -atiné a decir. Y acto seguido agregué:- Estaba escuchando a estos de acá adentro… están hablando de cualquier cosa…
-Ah, sí, un clásico… Esos tipos no laburan nunca.
Fue un detonante. Esas últimas palabras fueron suficientes para darle fuerza a mis pensamientos de horas antes y desatar en mi interior un deseo perverso de desenmascarar lo que consideraba la farsa del siglo, justo al lado de mi oficina. Desde entonces, no paré de ver que no estaba errado, de que probablemente lo hubiese advertido mucho tiempo atrás de manera inconsciente y recién ahora estaba registrándolo.
Comencé a reparar en detalles que me iban, de a poco, dando la razón, desde las charlas banales que oía cada vez que pasaba cerca de la oficina, a las verdades que siempre me había mostrado la ventana y que yo no había sabido interpretar. Una mujer que leía muy concentrada, en un momento determinado, se levantó y se dirigió a su compañera con la tapa del libro al descubierto. Cuál fue mi sorpresa al descubrir que estaba leyendo Horangel. También los veía hablar y a los pocos minutos sonreír con esa sonrisa propia de una persona sin preocupaciones, libre de culpas, esas sonrisas tan características de los que no tienen inquietudes ni desvelos.
Noté que definitivamente estaba en lo cierto. A lo que generalmente observaba se sumó la confesión de uno de los que trabajaba al lado, que compartiendo el espejo del baño en una ocasión, se expidió sobre la tranquilidad que los atosigaba. ¡Cómo si fuera un castigo!
Era un hecho. Esas personas no trabajaban, sólo asistían y cumplían con un horario. Nunca sabría si esas personas son vagas, creativas o trabajadoras, porque para eso se requiere que previamente trabajen. Y cuando el trabajo escasea, no hay clasificación que sirva. Me di cuenta entonces que todo lo que había hecho para alcanzar esta conclusión no servía para nada. Ellos seguirían en su aburrimiento de no hacer nada mientras yo seguiría en mi aburrimiento de hacer siempre lo mismo. Lo mío no había sido más que el resultado de un enojo, el de advertir que a mí me había tocado ser el que mirara al otro no hacer nada. Fue el día que arribé a esta sana opinión que, a través de la ventana, los encontré a todos sentados en ronda, mientras uno caminaba por fuera del círculo palpando las cabezas y repitiendo en cada tocada una palabra que si bien no alcanzaba a oír sabía era “pato” y que en cualquier momento la cambiaría por “ñato” y saldría corriendo despavorido.

5 comentarios:

Antropoloco! dijo...

Jaja me causó muchas gracia el final!

Qué cosa esta del hombre de preocuparse más por el otro que por uno; qué cosa esta del hombre de convencerse de que está bien trabajar y está mal no hacerlo...

Bichos de costumbre y para colmo dominados!

Un abrazo Fer!

Ramón dijo...

A mí también me gustó mucho el final. De veras que me empecé a reir frente a la pantalla!
Otra cosa me gusta es la claridad con la que vas exponiendo los distintos pensamientos que va teniendo el protagonista.
Un abrazo!

P.D.: Leí hoy en el diario que las multitudes esperan ansiosas el desembarco de los capítulos restantes de "Baños públicos". Según algunos, la demora se debe a que el protagonista pidió aumento y el escritor se lo negó. Para otros más optministas, simplemente se debe a que se está haciendo a fuego lento y, como suele suceder con el asado, los últimos pedazos, esos que se hicieron con mucha paciencia, suelen ser los más ricos. ¡Así será!

Discepolín dijo...

Muy bueno ferchum!! Me gustaron como vas llevando el cuento y los pensamientos del protagonista. Qué imagen la del final, qué buen juego ese, ¿se seguirá haciendo en los cumpleaños y en los jardines? "Que vuelva el Pato Ñato" podría ser el slogan de este año, como el de los "lentos".

Aparte, se me ocurre que en el Pato Ñato caben infinidad de historias amorosas, mucho más que bailando lentos, donde sólo hay una posibilidad de romance.

El Pato Ñato supone todo un mundo de posibilidades románticas: tocarle la cabeza a la piba que te gusta, o mejor aún: tocarle la cabeza el infeliz que se le sentó al lado, ese engreído mujeriego que la cambiaría por cualquier figurita (usted entiende, ferchum), empezar a correr, rápido, más rápido, inclinar el cuerpo para volar por la curva, desplazarse por el aire como un pájaro mientras el otro infeliz grita que le agarraron el pantalón, busca excusas y sigue corriendo inúltimente, y finalmente sentarse, sí, tirarse al lado de la mina, con la cabeza mirando el piso como festejando el gol del campeonato, y levantarla sonriendo como sonríe el tipo de la tele, el "galán", y descubrir de repente, al encontrarse en los ojos de ella, que uno es un idiota que se equivocó de mina.

FerchuM dijo...

Gracias muchachos por los comentarios, y sepan disculpar por las demoras en que está incurriendo Baños Públicos. Como miembro de RRPP del blog puedo comentarles que estamos en negociaciones con el sindicato de Musas, que exigen cambios en los capítulos por venir, pese a existir contrato de por medio.
Al parecer, los directivos de FerchuM y las Musas estarian prontos a llegar a un acuerdo que beneficie tanto al autor como a los lectores.
Saludos!

tatiana dijo...

ehhh!! mi primer comentario en el blog!! me encanto el cuento, me imagino a esa manga de vagos leyendo hornagel y comentando como va a ser la semana en el amor y en la salud jaaa

yo confieso publicamente ser una completa chusma que ama mirar x la ventana, previo apagado de luz para no delatarme por las rendijas a los vecinos del edifico de enfrente. creo que ya se todas las relaciones familiares de todos, cuando usan el aa/cc o el ventilador, cuanto tiempo se fueron de vaaciones y cual es la decoracion de sus livings. mataria por ser mosca y verlo de mas cerca jaaa

besotes fer