domingo, 25 de mayo de 2008

La cita

Se miró al espejo, y se imaginó sin ese incipiente bigote bajo la nariz. Tenía una barba de dos días que no le quedaba mal, pero esos pelos que crecían por encima de los labios, no eran muy atractivos. De hecho, eran espantosos, pensó. Arremetió con la gillete y se aseguró de que no se hubiera escapado ninguno al filo de su afeitadora. Se echó agua a la cara y sonrió ante el espejo.
Algo le molestó en su imagen. Se observó un largo rato, fijamente, analizando cada milímetro de su rostro, y entonces la vio. Casi imperceptible, apenas profunda pero ya existente, una arruga surcaba al costado de su ojo derecho. Había nacido un nuevo signo de vejez, una demostración del paso de los años. Al verla, se lamentó el tiempo que había perdido hasta la fecha, todas esas horas desperdiciadas, infructuosas, que había vivido en vano, en las que sólo se había dedicado a respirar, y nada más. Este va a ser el puntapié para un cambio, decidió mientras se peinaba el cabello con los dedos, toscamente, para que, estando desprolijo, al menos tuviera un poco de forma.
También se asomaron un par de canas, pero inmediatamente las ocultó, y se negó a admitir haberlas visto. Debe ser el reflejo de la luz, se dijo para sí, y pensó que tal vez tenía que darle una mejor luminosidad al baño.
Buscó su mejor remera y se la probó. No hizo falta que se mirase en el espejo para que se diera cuenta de que era horrible y no era de su estilo. Era una remera de las buenas, esas que cuestan una fortuna, pero había sido un regalo, y si bien fingió sorpresa y emoción por lo recibido, su inconsciente fue preciso en su sentencia, esa remera era una bosta.
El vestirse es mostrarse al mundo tal cual uno es. Es enseñarle a la gente el modo en que uno se va a comportar, el modo en que actuará, impregnado a la vez del arte absolutamente personal, es decir, lo que cada uno acepta como arte. Es el tipo de vestimenta y la combinación de sus colores y figuras, el collage artístico tal vez más adecuado para saber qué preponderará en la forma de pensar del individuo, o sea, si va a preferir el precio por sobre los colores, o los colores por sobre la calidad, o la comodidad por sobre todo lo demás.
Él se había dispuesto vestir bien para la ocasión, pero de ningún modo iba a aceptar verse distinto a lo que él era. No permitiría que lo “fashion” se entrometiera en su mundo, y lo dominara. Acomodó sus chombas en la cama, analizó cuál estaba más planchada (o menos arrugada), cual tenía el cuello menos flaqueado, qué color era más combinable con el jean que se había puesto, y cuál más llamativo, sin llegar a ser un semáforo.
Era una ocasión muy especial, y por lo tanto, se iba a lucir. Afortunadamente, no tenía un voluminoso armario con prendas de todo tipo y color. Su ropa, con suerte, alcanzaba a cubrir dos cajones de una cómoda vieja, heredada de su abuela.
Se arrojó encima buena dosis de desodorante, bajo sus axilas, en el pecho, y tímidamente en sus genitales. No dejó de ruborizarse por ello, y sintió que debía recibir una palmadita en la cabeza y oír una voz que le dijera “niño travieso, ¡en qué andarás pensando!”. Buscó dentro del cajón de los calzoncillos y las medias el perfume que todavía guardaba dentro de su caja. Sentía fascinación por ese aroma, además de que le daba coraje, y lo hacía sentirse un tipo seguro, vigoroso, un macho cabrío que dejaba un halo de testosterona y feromonas por donde caminara. Lo usaba relativamente poco, como para no acostumbrarse a su aroma y que, por lo rutinario, perdiera su magia, su esencia, ese potencial que le inflaba el alma.
Antes de salir, controló que tuviera todo encima: llaves, billetera con dinero, pastillas mentoladas, celular, y sólo por las dudas, por si daba la ocasión, profilácticos. Hubiese deseado llevar seguridad, fe y humor, pero acostumbraban perderse con facilidad antes de salir, y no había manera de encontrarlos, así revolviera toda la casa.
Cinco minutos de la hora señalada, y todavía no había noticias de la muchacha. Empezaba a impacientarse. Quizás se retrasó un poco, o el colectivo tardó en llegar. ¿Y si entendió mal respecto de la esquina en que debían encontrarse? Habían sido claros, pero en una de esas, confundió la hora. Podía llamarla al celular, para asegurarse, pero sería demostrativo de desesperación, y si había algo que no quería exhibir era justamente eso. Tal vez, un mensaje de texto sería mejor. Un comentario con el que no se sientiera presionada, y él pudiera fingir desinterés respecto de la hora en la que ella pudiera llegar.
Nada de eso fue necesario. A la distancia, la vio caminando hacia él. Se la veía con un paso tan sereno, tan seguro, que no pudo dejar de sentir envidia. Él, en la misma circunstancia, habría llegado atropelladamente, disculpándose por los cinco minutos que la habría hecho esperar, agitado y emocionado como perro que ladea el rabo de alegría.
Ella le dio un beso frío, seco, más amargo que un mate, y le preguntó adónde irían a cenar. La cosa había arrancado difícil para el muchacho. Ella acababa de pisar el campo y ya había marcado un gol de visitante, y lo peor, valía doble. No tenía idea de cómo hacer para remontarla.
La llevó a un restaurante de comida étnica. Comida hindú, le había dicho sonriente. Quería algo original, buscaba sorprenderla. Si bien no dijo nada, fue apenas visible un levantamiento del lado izquierdo del labio, cual gesto de repugnancia. Él fingió no verlo. La tomó de la mano y caminaron media cuadra hasta el lugar.
Se sentaron en unas sillas pequeñas, con una mesa baja entremedio de ambos. Ella le hizo notar que llevaba pollera, y que hubiese sido bueno saber que iban a ser tan bajas las sillas. Él no pudo más que ruborizarse, pedir disculpas y admitir que no tenía idea del detalle.
Cenaron casi en silencio. En determinadas ocasiones, él buscaba tema de conversación, pero no lograba hacerla durar más que un par de segundos. Se lamentaba no tener el repertorio que tenía un amigo suyo, que era capaz de hablar durante toda una noche sin parar, y el oyente no parar de reír o sonreír. Él era su opuesto, no solo no encontraba tema de conversación sino que aburría. Y cómo combatir eso, innato en cada uno, cuando siquiera hay un mínimo de ayuda del interlocutor.
-Daniel -dijo ella con sequedad, y el hecho de que dijera su nombre completo fue tremendo para él. Si lo hubiese pisado un tren, hubiese sido, sin duda, menos doloroso.- Quería decirte que me caes bien, y me parecés un pibe inteligente y macanudo. -Él le sonrió, pero que mencionara tantas virtudes así porque si, no era bueno. Seguramente vendría a continuación el meollo del asunto.- Pero… -Y ahí se venía la proposición coordinada adversativa que planteaba el inconveniente.- la verdad es que no te estuve hablando estas últimas semanas porque volví a hablar con mi ex.
Sintió que Khali salía del cuadro que colgaba detrás de ella, y se abalanzaba hacia él, incrustándole los dedos en el pecho y arrancándole el corazón.
-Pero, ¿cómo? ¿No me habías dicho que había terminado todo mal con él?
-Sí, bueno, pero me llamó y me pidió que nos viéramos… No sé, siento que quiero darle una oportunidad.
No dijo nada más. Él tampoco. Tenía mucho para decir, pero sabía que no había oídos que lo pudieran oír. Cuando la decisión está tomada, no hay manera de cambiar las cosas. De hecho, esa conversación, esa cena, todo, ya estaba escrito que sería así. Nunca le dio la posibilidad de cambiar las cosas. Ella sabía que no pasaría nada esa noche, y jugó con eso, con la tranquilidad a su favor, el control absoluto de la situación. Él, en cambio, no había advertido un posible factor sorpresa, y ese encuentro frío y ese diálogo corto equivalían a un tremendo baldazo de agua fría con una voz que murmuraba a sus oídos: “A ver si te despertás, infeliz, y te das cuenta de una vez por todas que no tenés manera de enamorar a nadie. No tiene nada que ver la imagen o la inteligencia. Es todo una cuestión de piel, de actitud. El amor no se construye, ya viene ínsito en la persona a la que se va a amar. Y vos, monstruo, no tenés actitud, ni piel, ni nada. Date cuenta que esto fue un sueño. Despertate de una buena vez y hacé algo más productivo que seguir intentando en lo que no tiene sentido.”
Pagó la cuenta, salió del restaurante, dejándola en la mesa con un “perdón” en la boca, que ella nunca se atrevió a decir, para no confundir las cosas. Él prefirió volver a su casa caminando. Quizás refrescara y lo agarrara la noche desabrigado, y con mucha suerte, se podría ligar una pulmonía y morirse. Lloró en silencio, a raudales, pero con lágrimas ocultas que se deslizaban por detrás de sus ojos, para que aquel que lo viera no lo advirtiera. Se desmoronaba toda esa construcción de alegría, preocupación por la imagen y por una linda sorpresa por ofrecer, las cábalas, el perfume y las ropas.
Sin ganas de hablar, ni de hacer absolutamente nada, llegó a su casa, y se acostó tal como estaba vestido. Esa noche no tuvo sueños. Las lágrimas mojaron la almohada.
Aunque él no lo advirtió en ese momento, una nueva arruga aparecía en su rostro.

7 comentarios:

Ramón dijo...

No firmé antes este posteo porque al leerlo me generó cierta tristeza percatarme que, si no en su totalidad, por lo menos en su esencia, estaba basado en una historia real. Pero viendo que nadie ha dejado su huella me he decidido a pisar primero.
Me pareció muy buena esa contraposición en el momento del encuentro entre la desesperación del hombre -que se iba imaginando varios escenarios posibles ante la tardanza de su compañera- y la serenidad de la mujer -que, nos enteramos después, sabía cuál iba a ser el final de la historia y por eso su tranquilidad (que no deja igual de ser llamativa)-.

Discepolín dijo...

Es cierto, me colgué y no firmé, pero vos sabés que me gustó mucho, hablé con vos apenas lo subiste y en el momento se me vinieron muchas ideas encima, alguna te las dije, y ahora se me olvidaron.

No puedo dejar de ver un tinte autobiográfico en el texto, y me parece muy triste lo que allí se narra. Cómo se desmorona todo, qué fragil que es la construcción del amor, qué poco se necesita para derrumbar los sueños... todas estas cosas y muchas más me ha hecho pensar lo que escribiste.
Hay descripciones muy buenas que incluso en su momento pensé que podrían ser más largas, pero se correría el riesgo de adelantar al lector el final de la cita, así que de esta manera está bien.

Te dejo un saludo a vos y a los visitantes del blog.

FerchuM dijo...

Gracias a ambos por los comentarios. Confieso que esta historia condensa mis últimas frustraciones amorosas, pero la cita en cuestión se basa en un hecho irreal.
No obstante, esos sentimientos, esa angustia, no niego haberla sentido varias veces.
Un abrazo grande!

Discepolín dijo...

intenté arrimar un voto para llegar al empate pero nadie se animó a concretarlo. Ya esperamos una nueva encuesta.

Discepolín dijo...

Realmente no entiendo cómo nadie más ha firmado esta entrada. ¿Todos están tan felices en el amor que les parece que firmar algo que habla sobre el fracaso sentimental es una contradicción? ¿Tendrán miedo que la firma sea una fórmula mufa y que la desgracia amorosa los empiece a perseguir?

"Dios guarde a los muchachos tristes de las mujeres hermosas"

Un abrazo

Discepolín dijo...

Aprovechando que no ha subido nada nuevo, y no lo tome como crítica, quiero decir que, haciendo un balance, el nuevo diseño del blog me gusta más que el anterior. No se por qué, el color puede ser, el contraste con las letras hace más clara la lectura, no sé. Pero apruebo el cambio.

Un abrazo

Ernest dijo...

Una historia triste, es cierto. Imposible no sentirse identificado con la forma en que lo narras, mas alla de que nunca me halla pasado algo tan asi (si bien me han pasado cosas peores). No sabia si firmar, pero me dieron un empujon las preguntas retoricas de discepolin. Sin embargo saben que estoy a favor de olvidarse de los malos tragos y empezar de nuevo, mejor tener mil arrugas pequeñas a tener una sola que te ocupe la mitad de la cara.
Comida hindú? te olvidaste de poner que aparte de la arruga, te faltaba un ojo!
Un abrazo, me gustó mucho todo lo que lei!
Felicitaciones por el blog!